El ruido del tiempo, de Julian Barnes

El ruido del tiempo es la historia novelada de tres ocasiones en las cuales Shostakóvich habló con el Poder y sintió miedo.

Esas tres ocasiones fueron en 1936, luego de la editorial del Pravda sobre su ópera Lady Macbeth de Mtsensk; en 1949, cuando, para mitigar los efectos del decreto Zhdánov del año anterior, acepta ser enviado como delegado a los Estados Unidos a un congreso por la paz mundial; y, finalmente, en 1960, cuando le es informado de la iniciativa para su nombramiento como presidente de la Unión de Compositores Soviéticos, lo que supuso su acreditación oficial como miembro del Partido Comunista.

Yo conocía algo, no mucho, de la historia de Shostakóvich y de su ambivalente relación con el Régimen Soviético. Lo poco que se puede sacar de la poca información que normalmente se incluye en los programas de mano de los conciertos, en especial cuando se interpreta su Quinta sinfonía; y en los folletos de alguno que otro CD, como los de Deutsche Grammophon con la Orquesta Sinfónica de Boston bajo las órdenes de Andris Nelsons, titulados Shostakovich Under Stalin’s Shadow.

En rasgos generales la idea que tenía, que no pasa de ser un simple tópico, es que Shostakóvich fue un artista que voluntariamente decidió quedarse en Rusia, cuando otros, como Stravinsky, optaron por irse a los Estado Unidos.

Esta decisión de quedarse constituiría, en su caso, no solo un delito irredimible, algo así como un grave pecado que lo acompañaría toda su vida, al ser un implícito (o no tan implícito) apoyo al Régimen Soviético; sino también una especie de innecesaria excentricidad de incomodas consecuencias, al tener que permitir la utilización de su nombre a favor de la causa soviética y, lo más importante, ver su libertad de composición e interpretación indignamente afectadas.

De haberse ido a los Estado Unidos, donde su música era conocida y apreciada, nada de esto hubiera sucedido.

En su novela, Barnes nos presenta la historia de Shostakóvich desde una visión intima, y en ella el hilo conductor es el miedo, o mejor, su cobardía. Es una cobardía consciente, que en cada una de las ocasiones en que habló con el Poder, le llevó a resignar un poco de su propia personalidad, lentamente y sin aspavientos, con modesta resistencia, pero de forma inexorable.

Yo no sé mucho de esto, pero creo que me identifico más con la cobardía de Shostakóvich que con cualquier otra cosa.

Siempre me ha parecido inconcebible que una persona tenga que abandonar su patria como consecuencia de las arbitrariedades del político de turno, y, lo que es peor, tener que irse a un país como Estado Unidos, contra el cual también podrían tenerse profundas objeciones políticas.

Pero también creo que sacrificar valientemente la vida resistiendo públicamente a un régimen injusto es, finalmente, un desperdicio. Heroicos despilfarros que le dan al régimen ocasión de hacer alarde de su poder y violencia.

En estas situaciones políticamente extremas el objetivo principal es sobrevivir. Y Shostakóvich sobrevivió. La ironía, sin embargo, que destaca Barnes al final del libro, es el miedo que le embarga, ya cincuentón, de que, al dejarlo vivir todo ese tiempo, el Régimen había matado al artista.

Una de las cosas que más me gustó del libro, es como en cada una de las tres ocasiones mencionadas, la cobardía de Shostakovich se enfrenta a un temor diferente cada vez, que le produce miedos diferentes, pero siempre a algo muy concreto.

La primera, con treinta años, tiene miedo de ser enviado a un campo de trabajo o ser directamente asesinado. La segunda, con más de cuarenta, ya no teme en realidad ser asesinado, sino no poder nueva y definitivamente volver a publicar e interpretar sus composiciones. Finalmente, la tercera vez, como ya se dijo, desde la inseguridad de la vejez, Shostakóvich siente temor de haber dejado matar al artista por procurar la supervivencia del hombre.

Mi opinión sobre todo esto es que sobrevivir nunca será un acto de cobardía. Y aunque no la conozco tan bien como la música de otros compositores, creo que la de Shostakóvich es lo suficientemente extraordinaria como para fácilmente concluir que el artista transcendió al hombre, más allá de todas las recriminaciones que puedan hacérsele desde el punto de vista político.

Ahora bien. Es precisamente en el aspecto musical en el que la novela de Barnes me parece que no resulta tan buena.

Este es el primer libro que leo de él, por lo que no sabía en verdad qué esperar. Pero al ser una novela sobre Shostakóvich, esperaba por lo menos salir con ganas de escuchar alguna que otra composición desconocida para mí, incentivado a partir de alguna descripción hecha a propósito por Barnes para ilustrar ansiedades o temores del compositor. Pero no fue así. En realidad, la novela tiene poco contenido musical, y se nota que no es un área que ni el autor ni el traductor dominen particularmente bien.

El libro trata más bien es sobre el poder y la forma como este subyuga a los artistas. Y en esto creo que logra su propósito.

A mi me sorprendió la forma particular en que me afectó su lectura, lo que la hizo lenta – tardé más de la cuenta leyendo un libro que es bastante corto –, e incluso una noche soñé con un grupo de personas que se enfrentaban a un sin número de problemas para darle una empanada de huevo a un dictador. Los problemas tenían que ver con la temperatura exacta a la que la empanada tenía que ser servida. El temor compartido de estas personas que podían perder la vida si se equivocaban en la temperatura de la empanada, me hizo despertar con un marcado desasosiego.

Pero bueno. La conclusión sobre El ruido del tiempo es que me ha parecido un buen libro, pero no me ha terminado de gustar por cuanto tuvo mucho menos contenido musical del que esperaba.


El ruido del tiempo

Barcelona: Editorial Anagrama, 2016.

Traducción de Jaime Zulaika.

Panorama de narrativas. Núm. 924.

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