Esperando a los bárbaros, de J. M. Coetzee

Parece mentira, pero lo que este libro rezuma es la inmamable superioridad moral de quien se cree mejor que los demás, y que, en el caso de Coetzee es obviamente la del animalista vegano radical.

En la novela, esta superioridad moral se concentra en el magistrado, personaje narrador en primera persona, quien no solo es el único que logra ver y entender la humanidad de los bárbaros, sino que también es el único que se escandaliza ante algo tan obviamente malo como es el uso de tortura.

Ahora, lo más insoportable de esta superioridad moral de su personaje, es el grado de autoconsciencia que tiene de la misma, lo que, dentro de su narración, le permite referir sin recato alguno que los malos lo reconocen como el Único Hombre Justo, e incluso le permite hacerlo con cierto tufillo de ironía, reconociendo la inutilidad práctica de su lucha por los ideales de un mundo civilizado.

El magistrado termina siendo así de la peor clase de activista moral, el platónico, que supera incluso al molesto militante convencido de poder cambiar el mundo, puesto que con su sufrida resignación contemplativa no solo pretende reafirmar su superioridad, sino confirmar también la inferioridad de los demás, al no ser estos siquiera capaces de entender lo que para él es obvio.

Un dialogo en particular me parece que escenifica muy bien lo dicho, y es cuando el magistrado, luego de ser torturado, le pregunta a su torturador que cómo puede comer después de hacer lo que hace, que de seguro necesita un lavado de manos especial para poder seguir con su vida después de esto, y, lo que es peor, disculpándose falsamente de antemano por hacerle estas preguntas que supuestamente no puede aguantarse de hacer, aunque tiene la lucidez suficiente para reconocer íntimamente que su propósito era ofender a su torturador.

Este comportamiento, que a mí me parece una estupidez, demuestra que el magistrado está convencido de la inutilidad de cualquier discusión con su interlocutor respecto de la inmoralidad de la tortura, lo cual es apenas obvio siendo este su propio torturador. Pero, al acudir a los ataques personales, el magistrado, que es el único capaz de ver la humanidad de los salvajes, paradójicamente lo que hace es desconocer la humanidad de sus torturadores.

Para el magistrado, solo alguien inhumano, sin ningún cargo de conciencia, no necesitaría lavarse las manos luego de torturar a otra persona, y por tanto todos los torturadores miembros de la Guardia Nacional, son unos inhumanos, unos bárbaros.

La única ocasión en que el magistrado dice algo con cierto contenido en contra de la tortura, es al principio de la novela, cuando le plantea al coronel Joll lo desesperante que debe ser para una persona que está siendo torturada, el decir la verdad y que su torturador no le crea. El coronel Joll le responde que él sabe identificar el “tono de la verdad”, el cual ocurre luego del desmoronamiento de la persona. De ello el magistrado concluye que para el coronel Joll el dolor es la verdad, pero no realiza ningún planteamiento adicional para hacer evidente el error en esa afirmación.

A lo largo de esta novela, en la que, al tratar un tema tan obviamente inmoral como es la tortura, se rezuma, como dije, la inmamable superioridad moral de quien se cree mejor que los demás, no pude evitar acordarme de un antiguo texto como el de Beccaria, en el que, con verdaderas razones y sin falsas modestias, se explica de forma clara lo inútil y nefasto que es esta práctica cruel, que, por aquel entonces, se encontraba consagrada por el uso en la mayor parte de las naciones.

A Coeetze, en esta novela, no le preocupa dar razones, sino explayarse en la vanagloria de quien se cree mejor que los demás porque solo para él es evidente la inmoralidad de la tortura. Este comportamiento, por lo demás, es la regla general en los veganos, sobre todo cuando atacan a quienes consideramos que no hay nada malo en matar animales para comer.


EP340410

Bogotá: Penguin Random House, 2015.

Traducción de Concha Manella y Luis Martínez Victorio

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