Macbeth, de William Shakespeare

La primera conclusión a la que llegué luego de leer, o de tratar de leer, la edición bilingüe de Macbeth de Penguin clásicos, es que mi nivel de inglés está muy pero muy lejos del necesario para leer esta obra en su idioma original y poder disfrutarla y, en la medida de lo posible, entenderla.

En español, la versión de Agustín García Calvo no es que no me haya gustado, pero me quedó la impresión de que se trata de un traductor más preocupado en tratar de escribir a la manera de Shakespeare, en español, que en traducir a Shakespeare al español.

Igual, es que es simplemente imposible traducir poesía, o teatro en verso, como en este caso, y que por tanto toda traducción tiene que elegir, o hacer algún tipo de compromiso, entre la literalidad del texto y el ritmo o la música del lenguaje.

Dado que no estoy acostumbrado a leer poesía, creo que me hubiera sentado mejor una traducción más cercana a la literalidad del texto. La de García Calvo es, por el contrario, una clara apuesta por mantener la musicalidad del lenguaje.

Pero bueno. De esta obra lo que siempre me ha llamado la atención es la especie de voluntaria ingenuidad de Macbeth, de creer de forma literal en las profecías de las brujas sobre el movimiento del bosque de Birnam y su invencibilidad frente a todo hombre parido por mujer, como si estas mujeres no fueran expertas en engaños, y en especial, en engaños con el lenguaje.

Y no es solo que el lenguaje utilizado por estas brujas durante toda la obra sea de por sí engañoso por ser poco claro, ni que el contexto sobrenatural en que se dieron las profecías obligaba a creer que todo era posible, sino que las profecías de las brujas no son en realidad profecías, sino tentaciones proféticas, como le ha debido de quedar muy claro a Macbeth luego del regicidio de Duncan.

Lo cierto es que Macbeth nunca debió tomar las palabras de estas brujas como absolutas imposibilidades físicas o naturales. Y yo, en su lugar, lo primero que hubiera hecho es arrasar el bosque de Birnam, y averiguar muy bien como fue el nacimiento de toda persona con la cual se va a entrar en singular batalla.

Así, aunque las profecías finalmente se hubieran cumplido, Macbeth hubiera quedado como una persona más precavida, y no sorprendido, con los calzones abajo, por simples tecnicismos de profecías en clave de adivinanzas a medias, y que constituían verdaderos enigmas por resolver.

Pero bueno. Como dije, esto es lo que siempre me ha llamado más la atención de esta obra, y luego de esta renqueante lectura que he hecho, persisto en la impresión de que es allí donde se encuentra el meollo de la misma.

Esta edición de Penguin clásicos, sin embargo, viene con una introducción de Carol Chillington Rutter, que es un estudio sobre la obra, en contexto con las otras obras de Shakespeare, que es de una extraordinaria profundidad filosófica, y que a medida que la leía me iba pareciendo exagerada.

Son tantas las cosas que se dicen en esta introducción, sobre muchos aspectos de la obra (el miedo y la duda, el papel de la brujas, el <cuándo> de las profecías, la particular función de las metáforas, la importancia de la descendencia y de los niños muertos, y, finalmente, la lección metafísica que aprendemos de la caída de Macbeth), que aunque puedo estar de acuerdo con todo lo que allí se dice, no puedo evitar dudar que todo ello haya preocupado de forma consiente al autor al momento de escribir su obra.

Por último, otro punto que menciona este estudio, y que me llamó particularmente la atención, es la diferencia que hay entre el texto-obra y el texto de representación, recordándonos eso de que el primer texto impreso que se tiene de Macbeth correspondería ya a un texto de representación de algunos años después de su estreno.

La diferencia entre el texto-obra y el texto de representación es que mientras el primero permanece fijo, el texto de representación va evolucionando a medida que la obra se ha ido representando a través de los siglos.

Esto me llamó la atención porque me hizo pensar en que tan conveniente es, en realidad, leer teatro. Respecto de un texto escrito para ser representado, y cuya forma de representación ha ido variando significativamente a través de los tiempos, creo que lo mejor es verlo representado.


Macbeth

Bogotá: Penguin Random House, 2015.

Versión de Agustín García Calvo.

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