La tentación de lo imposible, de Mario Vargas Llosa

Muy interesante este ensayo de Vargas Llosa sobre Los miserables de Víctor Hugo. Hace rato tenía ganas de leerlo, pero quise esperar a haber leído de nuevo la obra objeto de estudio. Son muchos los aspectos que Vargas Llosa destaca y explica, sobre las claves de la novela y sus diferentes temas, así como las razones y los propósitos que tuvo el autor al escribirla.

Es muy grande para mí el valor de un ensayo como este, que me ha permitido conocer más y mejor la que es mi novela favorita, dándome argumentos adicionales para reafirmarme en dicha preferencia.

De entre las muchas cosas que dice Vargas Llosa sobre Los miserables, las siguientes llamaron especialmente mi atención.

La primera es la de que Los miserables es la última gran novela clásica y Madame Bovary la primera gran novela moderna. La diferencia entre una y otra está en la conciencia que tiene el autor al momento de resolver el problema del narrador. Mientras en la novela clásica esta conciencia básicamente no existe, en la novela moderna es su característica principal.

Ahora, dado que Madame Bovary no me gustó tanto, y que por el contrario Los miserables y el Quijote, son las primeras de entre mis favoritas, creo que debo decir que en novelas tengo un gusto más bien clásico.

Vargas Llosa nos dice que en Los miserables el personaje más importante es el narrador Víctor Hugo, que es diferente al Víctor Hugo real, de carne y hueso, que escribió la novela. El poder de este narrador es indiscutible, y creo que desde la primera lectura se siente que es este narrador, en ocasiones impertinente y para nada imparcial, el dueño absoluto de la historia y de la forma de contarla. El resultado, sin embargo, es de tal genialidad, que no encuentra uno ninguna razón para revelarse a su poder. Para donde quiera llevarnos el divino estenógrafo, como lo llama Vargas Llosa, allá vamos sin problema.

La segunda cosa que llamó particularmente mi atención de este ensayo, fue el supuesto masoquismo de Jean Valjean. Resulta difícil no estar de acuerdo con Vargas Llosa en este punto, luego de traer a colación la escena del idilio de la calle Plumet, en la que se auto inflige una herida en la mano con el hierro candente con el que le estaban amenazando.

Vargas Llosa explica que, dado el poder del narrador, que ejerce con particular intensidad sobre sus personajes principales, los cuales, con excepción de Mario, son seres sobrenaturales monstruosos, estos adquieren un destacado carácter teatral. Actúan en escena de acuerdo a los designios del divino estenógrafo.

Jean Valjean es, en este contexto, el justo, quien ante momentos o situaciones tormentosas como la del caso de Champmathieu, la salida del convento del pequeño Picpus, la decisión de salvar a Mario en la barricada, o la de revelarle su condición de presidiario prófugo y renunciar finalmente a Cosette, sufre pero no vacila, porque tiene siempre muy claro cuál es la decisión correcta, que de forma dolorosa resulta yendo siempre en perjuicio o detrimento de los que podrían ser sus propios intereses o su misma felicidad.

En esta larga y permanente expiación, Vargas Llosa encuentra, por lo menos en un sentido, el placer morboso del masoquismo, la secreta complacencia de los moralistas convencidos de que el camino de la perfección es el de la autopunición sistémica, el martirologio.

Yo no lo creo así. O, por lo menos esa visión no tiene cabida en la imagen que tengo de Jean Valjean.

Jean Valjean es, en efecto, una persona huraña. Lo era antes de su encuentro con monseñor Bienvenido, y lo siguió siendo después. Monseñor Bienvenido lo compra para el bien más no para la sociedad. Es por ello que los placeres de la vida de los que disfruta son muy sencillos y más bien solitarios. Las caminatas diarias, primero solo y luego con Cosette, son las que más se mencionan en el libro. Pero no es difícil imaginarse que disfrutara también con la lectura y la jardinería, aunque menos claro que el señor Mabeuf, e incluso, dada la naturaleza del descubrimiento que dio origen a su fortuna, también se puede suponer que disfrutaba del trabajo artesanal. Jean Valjean es, en definitiva, una persona de gustos sencillos.

Lo que sucede es que Jean Valjean tenía muy claro el alcance del compromiso adquirido con monseñor Bienvenido de hacer el bien, y por ello, aunque sufre, no duda en tomar decisiones que lo perjudican pero que están dirigidas a salvar a otras personas del mal. La más conocida y obvia en este sentido es la del caso de Champmathieu, pero en mi opinión, la más importante y dolorosa de todas es la de renunciar a vivir con Cosette a pesar de que esta tiene un cuarto en su nueva casa arreglado ex profeso para él.

En esta última, en particular, creo que se puede apreciar que Jean Valjean no es ningún masoquista, por cuanto, si bien renuncia a vivir en la misma casa de Cosette, para evitar las consecuencias negativas que a ella y a su nueva familia le podría acarrear el eventual escándalo de estar acogiendo a un presidiario prófugo, su amor de padre le obliga a suplicarle a Mario por el placer de por lo menos mantener unas visitas, revelándole su verdadera identidad sólo con ese propósito. Estas visitas le son tan placenteras, que, a pesar de las paulatinas incomodidades impuestas por Mario, tiende a abusar en el tiempo de duración.

A Cosette, el gran placer y orgullo de su vida, no está dispuesto a renunciar Jean Valjean.  Y cuando finalmente se vio obligado a hacerlo, murió.

Esta es una de las cosas que más rabia me da a mí de Jean Valjean, porque la razón por la cual se vio obligado a renunciar a Cosette, no fue por la agresividad pasiva de Mario que cada vez hacía más incómodo el salón de las visitas, sino por el terror que le producía el que ella se enterase de su condición de exgaleote.

Este pavor se explica, dentro de la novela, por la fuerte impresión que causó en Cosette la larga cadena de presidiarios que vieron una mañana yendo hacía las galeras. Sin embargo, creo que Jean Valjean olvida que Cosette también fue uno de los seres más miserables de esta tierra, y que, en mi opinión, la revelación de su doloroso pasado hubiese tenido el único efecto de acrecentar su amor.

La tercera cosa que me llamó la atención de este ensayo de Vargas Llosa, y que de alguna forma estaba consciente de ella pero en la que nunca me había detenido a pensar, es el profundo carácter religioso de la novela. Según, Víctor Hugo afirmó que Los miserables no era una novela sino un tratado de teología.

En este ensayo, Vargas Llosa hace muchas referencias a un extenso prologo que escribió Víctor Hugo a la novela y que nunca terminó, reemplazándolo luego con en el corto y conocido prologo en el que plantea las condiciones sociales en que obras como estas mantendrán su utilidad.

El extenso prólogo, por el contrario, según la impresión que me dio lo señalado por Vargas Llosa, es no solo en extremo ambicioso, como lo es en sí toda la novela, sino también bastante abstracto. Tenía dos partes, Dios y El Alma. Me gustaría poder leer alguna vez una traducción de dicho texto. En cualquier caso, lo cierto es que resulta imposible no sentir la presencia de Dios en la novela, sobre todo cuando el acto más importante de la misma, la compra para el bien de Jean Valjean por parte de monseñor Bienvenido, se hizo precisamente en su nombre.

Este aspecto de la novela puede parecerle molesto a un lector no creyente. A mí, por el contrario, siempre me ha parecido algo extraordinario.

En este ensayo, Vargas Llosa también se ocupa de los aspectos políticos de la novela, destacando por ejemplo la posición de Víctor Hugo en contra de la pena de muerte, o su progresivo republicanismo. Esto temas, aunque interesantes, me impresionaron menos.

Por último, en este ensayo, Varga Llosa deja ver muy claramente su concepción de la novela como ficción de un mundo total que supera incluso a la realidad. Pero creo que para entender esto mejor debería leer antes algunas de sus más famosas novelas. Creo, también, que esta concepción de la novela es parte importante de su ensayo sobre García Márquez, Historia de un deicidio, que tengo pensado leer dentro de poco.


Tentacion de lo imposible

Madrid: Punto de Lectura, 2007.

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