El lector del tren de las 6.27, de Jean-Paul Didierlaurent

El lector del tren de las 6.27 es una pequeña novela llena de interesantes detalles de cierta genialidad, pero que fracasa clamorosamente en su concepción general como novela precisamente por su brevedad.

Son muchas las cosas interesantes de la novela. El personaje principal que lee en voz alta y sin razón aparente, fragmentos de las páginas arrancadas a la voracidad de La Cosa. La Cosa misma, creada para destruir libros y descrita siempre como un ser orgánico monstruoso. El celador Alexandrófilo. La historia del excompañero de trabajo empeñado en recuperar sus piernas adquiriendo la tirada completa de la edición de un libro anodino. El subalterno que desea presionar el botón que activa La Cosa, como si de una máquina para ejecutar personas se tratara. Y finalmente, la comedia romántica con elementos investigativos con Julie.

Julie es una encargada de sanitarios en un centro comercial, a quien conocemos en la novela a través de unos escritos suyos extraviados en una USB que es encontrada por el protagonista. Estos escritos reemplazan, como objeto de sus lecturas públicas, a los fragmentos salvados de La Cosa. La razón de este cambio no se explica por ninguna parte. Aunque la forma como fueron concebidos los mimos, como escritos cortos titulados únicamente con un número, hace que el reemplazo funcione bien.

Ahora. Estos escritos, si bien algunos son leídos en el tren si mal no me acuerdo, son más importantes en las lecturas realizadas en el ancianato; donde se ve claramente por qué resulta entretenida la lectura de simples fragmentos, de escritos incompletos, sacados de su contexto y sin títulos que den alguna orientación.

Resultan entretenidas estas lecturas porque pican la imaginación y dan lugar a discusiones extremadamente hipotéticas que resultan gratificantes. En el caso de los escritos de Julie, estas discusiones ayudan incluso al protagonista a fijar ciertos aspectos de la autora, y que le sirven en la investigación que adelanta, junto con su excompañero de trabajo, para ubicarla y declararle su amor.

Esta historia romántica, que hacia el final de novela acaba siendo la más importante de la misma, es bastante regular, e incluso da la sensación de haber sido terminada de forma acelerada de cualquier manera, como si le hubiese molestado continuar con la novela y sus personajes.

En fin. Lo cierto es que todos esos elementos mencionados de la novela tienen cosas interesantes, pero ninguno de ellos, por la brevedad de la misma, logra ser desarrollado de manera más o menos completa, o por lo menos conclusiva. Esto para mí fue una gran decepción.

Creo que si el propósito del escritor era hacer la novela tan corta, debió haber prescindido de muchos de esos temas, y centrarse únicamente en la historia romántica entre ese par de personajes que se complementan muy bien entre sí: uno como lector de fragmentos y la otra como escritora de los mismos. O, de lo contrario, hacer la novela mucho más larga.

Yo siempre he creído que las novelas cortas exigen un grado superior de perfección que el de las novelas largas, y esta de Didierlaurent está muy lejos de tener uno siquiera aceptable.


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Seix Barral (de Editorial Planeta S.A.). Bogotá, 2015.

Traducción del francés por Adolfo García Ortega.

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