Irene, de Pierre Lemaitre

No soy muy aficionado a la novela negra. Creo que esta es la primera novela de este tipo que incluyo en mi bitácora. Excepción hecha, tal vez, de Blanco nocturno de Ricardo Pligia, que es un género de novela policíaca diferente: la ficción paranoica. Quería, sin embargo, leer algo más tradicional, por lo que, no hace mucho en realidad, compré Irene de Pierre Lamaitre.

Las razones que me llevaron a comprar y leer esta novela en particular están relacionadas con la búsqueda de un libro de cierta extensión con que se iniciara una colección o serie, también lo suficientemente extensa, que me otorgase la confianza de un largo entretenimiento. En términos televisivos, sería algo así como estar buscando una buena serie, en su tercera o cuarta temporada, en vez de una buena película.

Elegí entonces Irene, no solo por sus casi cuatrocientas páginas, sino también por sus ya traducidas y publicadas secuelas: Alex, Rosy & John y Camille, que componen la serie del comandante Camille Verhoeven.

Y si bien Irene no me terminó de gustar, creo que ha sido una muy buena elección para iniciarme en el mundo de la novela negra, por cuanto es una novela en la que, como su mismo autor nos dice, se hace un homenaje a la literatura y a la novela policíaca.

En Irene, el asesino recrea escenas de homicidios de grandes clásicos de la novela policíaca, por lo que una gran parte de la investigación es descubrir cuales son estas novelas. No sé qué tan original sea esto en el ámbito de la novela negra, dadas las atractivas cualidades literarias de los crímenes copycat o de imitación.

En cualquier caso, lo cierto es que a medida que se va leyendo esta novela van saliendo títulos de novelas policíacas para agregar a la lista de próximas lecturas. De los utilizados en la novela, el que me llamó más la atención fue Roseanna, de Maj Sjöwall y Per Wahlöö, que ya compré, y con el que inicia la serie Martin Beck, que consta de 10 novelas.

Ahora. Un punto que hay que reconocer, es que el asesino, en Irene, se esfuerza en realidad para escenificar los crímenes lo mejor posible, no solo en cuanto a la escena como tal, incluidos los más mínimos detalles médico forenses, como por ejemplo lo que comió la victima antes de morir; sino también respecto de otros aspectos de la víctima, como su origen étnico, social o cultural, etc., así como en lograr que el crimen sea descubierto de forma similar a como lo fue en la novela original; todo lo cual demuestra una lectura juiciosa de las obras correspondientes.

En contraste con el asesino, el comandante Verhoeven no es aficionado a las novelas policíacas. Sin embargo, es el primero que logra identificar la relación entre un crimen y una novela. En esto me ha llamado la atención el que este crimen fuese el único, creo, que tuviese relación con una novela que se basa en un crimen ocurrido en la vida real.

En total son cinco crímenes que imitan cinco novelas. Y aunque no puedo asegurar plenamente esto, porque no he leído ninguna de esas novelas, creo de ellas sólo una, La dalia negra de James Ellroy, está basada en un crimen que sucedió en la vida real.

A pesar de esto, la asociación que hace Verhoeven no es con la imagen del crimen real, sino con la del libro, con la descripción del libro, del cual, cosa rara, tiene un ejemplar en su biblioteca. Aunque en realidad, o mejor, según la narración (la que, como vemos al final, incluye un giro, en mi opinión no muy afortunado, que pone toda la realidad de la novela en entredicho), influyen también el sueño de una flor sangrante y la imagen de la portada del libro.

En cualquier caso, lo cierto es que es Verhoeven el que primero asocia un crimen con un libro, y que ese libro se basa en un crimen de la vida real.

En mi opinión, el que el asesino escenificara un asesinato incluido en una novela que está basada en un crimen real, fue una pérdida de tiempo y una contradicción estética. Porque, si el propósito del asesino era llevar a la vida real los asesinatos descritos en las páginas de las mejores novelas policíacas, con el propósito estético de concretar la plasticidad de las palabras allí escritas, resulta claro que nadie podrá escenificar mejor el crimen en que se basó una de estas novelas, que el cometió dicho crimen, haciendo totalmente innecesaria cualquier posterior re-escenificación.

Y es que, dada la envergadura del crimen final, concebible únicamente en la ficción, era importante que todos fuesen también crímenes de ficción, y que no se hubiese copiado ningún crimen real. Esto, creo, distorsionó un poco la mecánica del libro, sobre todo al final, en el que era importantísimo conocer la novela que iba a ser copiada, para saber el lugar y la naturaleza del último crimen.

Por otra parte, y como decía arriba, el libro incluye un giro narrativo, no muy afortunado en mi opinión, que pone en entredicho toda la realidad de la novela. La primera parte de la novela, que ocupa casi la totalidad de su extensión, es una especie de diario escrito en tercera persona, desde el lunes 7 al jueves 24 de abril de 2003, en el que se nos narran los avances de la investigación de los asesinatos. Al final, sin embargo, nos enteramos que este diario fue escrito por el asesino, y que no se corresponde exactamente con la realidad, pero que nos muestra que el asesino ha seguido suficientemente cerca al equipo de investigadores encargado de su captura.

En la segunda parte, vemos como Verhoeven lee rápidamente y muy por encima ese diario, que es en sí toda la novela que nosotros hemos leído, y a raíz de ello suceden ciertos pequeños desenlaces que tienen que ver con algunas de las inexactitudes, en especial la relativa a la traición de Maleval. Lo importante en esta segunda parte, sin embargo, es hacerse con el libro que contiene la descripción del crimen final.

A pesar de que respecto de esta segunda parte no se nos explica quien la escribe, el estilo sigue siendo exactamente el mismo de la primera parte, por lo que la única explicación es que continúa siendo la pluma del asesino la que nos cuenta lo que está sucediendo, y ello no cuadra muy bien.

Por último, y es lo que menos me gustó de la novela, es que resulta muy evidente en cuanto a sus veladas intenciones, en especial en la de hacernos sentir lo importante que es Irene para Camille, recalcando su matiz de inmerecido tesoro, que se puede perder en cualquier momento y que en efecto se pierde.

Esto, me imagino, es una estrategia común de las novelas policíacas, en las que no solo importa que haya una víctima, sino que esta victima sea en realidad querida y valorada, no solo por algunos personajes, sino también por el lector.

En este punto resultó muy evidente el propósito de la novela en cuanto a Irene, y si, por regla Lemaitre titula sus novelas de la misma forma, ya siento consideración por Alex, Rosy, John y por el mismo Camille, para cuando lea sus respectivas novelas.

En cuanto a los nombres, debo agregar, que al principio me costó familiarizarme con Camille como nombre masculino, sobre todo porque hace poco había leído La gata de Colette, cuya protagonista femenina se llama precisamente Camille.

Esto me hizo preguntarme por qué no se traducen los nombres. Hubiesen sido así Camilo y Camila. Lo mismo sucede con Irene, que no sé por qué le mantienen el acento invertido en la primera e, que no existe en nuestro idioma. La traducción, además de mantener muchas expresiones francesas tanto en nombres como en direcciones, resulta también siendo muy española de España, en la que no faltan diálogos con “joder” y “déjate de gilipolleces”.

Pero bueno. Lo cierto es que la novela se leyó bastante rápido, y me ha dejado con ganas de leer sus secuelas.


AL18858

Alfaguara. Bogotá, 2015.

Traducción de Juan Carlos Durán Romero.

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