El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas

Esta es la tercera vez que leo El conde de Montecristo, y, como las veces anteriores, ha sido una experiencia absorbente, entretenida y gratificante. Difícilmente se encuentra una novela de aventuras mejor que esta. En esta ocasión, sin embargo, se me llamó la atención respecto de la obra de Dumas como prototipo de la novela romántica francesa.

Yo no sé mucho en realidad sobre el romanticismo francés, pero siempre me ha parecido que la figura de Dumas no es muy romántica que digamos, no solo por su excesivo amor a la vida, al licor, la comida y las mujeres, en lo cual dilapidó su fortuna; sino también por la forma misma en que desarrolló su trabajo literario, en la que se le acusó fundadamente del uso excesivo de “colaboradores”, destacando entre ellos Auguste Maquet. Nada más contrario al carácter melancólico, introspectivo e individualista que se asocia con el romanticismo.

Ahora. Edmundo Dantes pude que sí encaje en la idea de personaje romántico, en cuanto arrastrado por la fatalidad hacia circunstancias extremas. Pero igual creo que tienen que existir otras novelas y otros personajes que se ajusten mejor a los postulados que caracterizan al romanticismo. En esta novela, incluso, creo que es más romántico el personaje de Maximiliano Morrel que el del mismo Conde.

En cualquier caso, los cierto es que, mirada desde esta óptica, El conde de Montecristo nunca me ha parecido una novela muy romántica. Siempre la he considerado como una clásica novela de aventuras, en la que lo importante es la historia propiamente dicha, que es extraordinaria, y no los deseos, pasiones, o sentimientos de los personajes, o la forma como estos sobresalen o determinan sus decisiones ante la fatalidad o la fuerza de los hechos.

Ahora bien. Y un poco también en esta línea, me ha llamado la atención, en esta ocasión, la importancia que tiene la noción del honor dentro de la novela. Son varios los personajes que están dispuestos a dar la vida antes de ver arruinado el honor personal o el de su familia, lo cual creo que puede considerarse romántico.

Uno de los victimarios, Fernando de Morcef, luego de reventar el escándalo, opta por el suicidio. Su muerte, sin embargo, no es suficiente para lavar el origen criminal de su fortuna, por lo que vemos como su hijo y su esposa, Alberto y Mercedes, inician una nueva vida casi que totalmente arruinados, y en la que Alberto busca recuperar o restaurar el honor familiar y personal uniéndose a los spahis en el África.

Creo que se debe destacar, en este punto, la forma como Dantes considera que puede desagraviar a Mercedes por los daños ocasionados con su plan de venganza, y es ofreciéndole un dinero que está enterrado en la que era la casa de su padre en Marsella, y que ganó antes de que todo esto empezara.

Esto en mi opinión significa que, para Dantes, dado el uso que le ha dado, el dinero de la isla de Montecristo no debe usarse desagraviar a Mercedes, aceptando en cierta forma lo poco honorable que ha sido su plan de venganza.

Y es que, en mi opinión, Edmundo acepta que su plan de venganza es en definitiva un plan diabólico, y que, así como busca cobrar con él las vidas de Fernando, Danglars y Villefort, también le va a costar la suya propia. Al final, sin embargo, el amor de Haydee logra expiar ese resentimiento y volverlo a la vida. Si no hubiese sido por el amor de Haydee, el Conde seguramente hubiese muerto al final de la novela.

Por último, otro aspecto que llamó mi atención en esta lectura son los años que no se nos cuentan en la novela, de 1829 a 1838, y en los cuales Edmundo, suponemos, no solo viaja por el mundo, sino que profundiza su investigación respecto de sus victimarios, a partir de la información general que le dio Caderousse en la posada del puente de Gard, y diseña, así fuese a grandes rasgos, su plan de venganza.

Eso nos obliga a preguntarnos qué tanto de lo que sucede en la novela es exactamente lo que planeó el Conde, y que tanto es el resultado de circunstancias u oportunidades fortuitas.

Cosas como el encuentro con Franz d’Epiany, el secuestro de Alberto, el desbocamiento de los caballos de la esposa de Danglars, la introducción en sociedad de Andrea Cavalcanti y la posterior revelación de su real identidad, la visita a la casa de Auteil, y las denuncias en el periódico en contra de Fernando, son todas claramente planeadas y ejecutadas por el Conde justo en los momentos oportunos.

Hay otras, sin embargo, que parecen como que el Cónde no se las esperaba, y ante las que incluso se vio en la necesidad actuar con cierta urgencia, como el soborno al telegrafista para el engaño a Danglars, las medidas implementadas para inculpar a Benedetto del homicidio de Caderousse, o incluso la estrategia utilizada para unir a Maximiliano y Valentina.

En mi opinión, la fortuna infinita del Conde, así como el tiempo que se tomó para poner en marcha su plan de venganza, le permitían planear y ejecutar su plan con mucha más precisión. Eso no solo hubiera evitado muchas muertes innecesarias, en especial la del niño Eduardo, sino que hubiese hecho más impresionante el relato, con un Conde aún más implacable.

En fin. El conde de Montecristo es sencillamente una extraordinaria novela de aventuras que se disfruta cada vez que se lee.


Montecristo

Editorial Porrúa. México, 2002.

Colección “Sepan cuantos…”, número 346.

Versión de F. Benach.

Un comentario en “El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s