Los crímenes de la calle morgue, de Edgar Allan Poe

Pienso comprar la edición de los cuentos completos de Edgar Allan Poe que sacó Penguin Clásicos, con traducciones de Flora Casas Vaca y con el gancho publicitario de incluir siete piezas inéditas en castellano.

Como abreboca, sin embargo, he releído el cuento Los crímenes de la calle morgue, en traducción de Jaime Piñeiro, incluido en el tomo III de la colección Maestros de la literatura universal, que sacó hace ya bastantes años la editorial Oveja Negra.

Los cuentos policíacos o de suspenso pierden mucha gracia cuando se releen, porque ya se sabe el desenlace. Pero este cuento no deja de ser importante por ser, para muchos, el primer cuento policíaco de la historia, y por ser ademas la presentación del Chevalier Auguste Dupin.

Ya habrá oportunidad de volver a ver a este personaje en los otros cuentos en los que aparece, pero de lo que hace en este debo decir que siempre me ha sorprendió mas la forma como adivinó lo que estaba pensando su amigo el narrador de la historia, que la forma como resolvió el misterio del crimen de la calle morgue.

Al adivinar lo que estaba pensado su amigo, Dupin no solo da muestras de sus altas dotes para el análisis y el raciocinio, sino que sobre todo deja ver el profundo y real conocimiento que tiene del otro, de su amigo, algo que en mi opinión no es posible, conocer así a otra persona.

Respecto del crimen, me pareció muy curioso como Poe, para poder plantear el misterio del idioma o nacionalidad de uno de los supuestos asesinos, coloca a múltiples testigos que hablan diferentes idiomas entre sí, cada uno de los cuales declara sin recato alguno que el idioma hablado por ese asesino es uno diferente al suyo propio, el cual, ademas, no domina.

Así, un francés, que no está familiarizado con el italiano, dijo que era italiano; un holandés, que tuvo que declarar a través de interprete por no hablar francés, dijo que era francés; un ingles, que no entiende el alemán, dijo que era alemán; un español, que no entiende el inglés, dijo que era inglés; y un italiano, que nunca ha hablado con un ruso, dijo que era ruso.

Esto no es creíble.

No solo por la dificultad que entraña el que, incluso en una ciudad cosmopolita como París, sean testigos de un mismo crimen un holandés, un ingles, un español y un italiano, ademas, lógicamente, de por lo menos un par de franceses.

Sino porque se requiere ser en verdad muy descarado para atreverse a declarar que se escuchó hablar un idioma que en realidad se desconoce, sobre todo a partir de los sonidos ininteligibles de un animal.

Por lo demás, el cuento es extraordinario y me ha dejado con ganas de leer todos los demás cuentos de Poe, sobre todos aquellos que nunca he leído.

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