2666, de Roberto Bolaño

Es lamentable que esta extraordinaria obra haya quedado inconclusa. Aunque lo lamentable en realidad es que Roberto Bolaño haya muerto joven, en plena producción literaria y mientras escribía precisamente esta novela, o una novela de este tipo; y no viejo, con el Nobel a cuestas y con una extensa bibliografía plenamente terminada.

Bolaño murió durante uno de esos combates de verdad que menciona en su novela, en los que “los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez”, y que tienen lugar cuando estos grandes maestros escriben “las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido”, y no cuando estos mismos grandes maestros producen obras cortas y perfectas en “sesiones de esgrima de entrenamiento”.

2666 es una de aquellas obras. Una obra descomunal, monstruosa, que nos sumerge hacia lo desconocido, y en cuya escritura Bolaño afrontó grandes riesgos.

Riesgos literarios, que me imagino han sido señalados por los que están en capacidad de hacerlo, críticos y estudiosos, pero que incluso para el lector común y corriente no pasan desapercibidos.

Por ejemplo, Bolaño nos cuenta en “La parte de los crímenes” las historias de Juan de Dios Martínez, Lalo Cura, Sergio González y Klaus Haas, intercaladas en la extensa y aburrida relación de los asesinatos de mujeres ocurridos en Santa Teresa entre 1993 y 1997, muchos de los cuales no tienen en realidad nada que ver con el asesino en serie cuya sombra se percibe desde el capitulo anterior, “La parte de Fate”.

¿Por qué eligió Bolaño contarnos la historia de esta forma en este capítulo? ¿Qué quería lograr con ello? ¿Generar acaso esa sensación de “Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento” que nos menciona en el epígrafe citando a Baudelaire? Es posible.

Pero, ¿Qué logró en realidad con ello? En mi humilde opinión, hacer muy largo un capitulo en perjuicio de otros, en especial de los primeros, quedándome la sensación de que fue en esos primero capítulos en los que la novela quedó realmente inconclusa. Pero bueno.

Además de los riegos literarios, en la escritura de esta novela Bolaño también afrontó riesgos físicos. Estando gravemente enfermo, y ante la urgente necesidad de un trasplante de hígado, es evidente que tenía que estar preocupado por el riesgo de morir sin haber terminado su novela. Este riesgo lamentablemente se concretó.

Para mí, es la muerte, y no el éxito o el mérito o el pasar a la historia, aquello que acoquina a los grandes escritores cuando escriben sus grandes obras. Obras tan extensas y complejas, que han de parecer inacabables mientras se escriben. Acometer la escritura de este tipo de novela es, en este sentido, siempre una carrera contra la muerte. Pero contra la muerte real, y no contra la muerte histórica.

Nos dicen sus herederos, que Bolaño, frente al riesgo de una muerte inminente, dejó instrucciones de que cada parte de esta novela fuera publicada como un libro independiente. Luego de leerla toda es fácil entender porque no se cumplieron sus indicaciones: Las partes de esta novela no están escritas para ser publicadas o leídas por separado; (y además las primeras, por su corta extensión, hubieran hecho publicadas ellas solas libros bastante decepcionantes.)

Cada parte de esta novela se complementa e integra muy bien con las demás, creando un extraordinario mundo literario, en el que resulta emocionante encontrar que algo pequeño leído en una parte vuelve después a aparecer en otra parte posterior con mayor detalle o importancia. El libro de geometría colgado en el tendedero de ropa, o el personaje de la señora Bubis, por solo mencionar dos, son de esas curiosas genialidades que, junto con la conocida calidad de la prosa el autor, hacen de esta novela una obra extraordinaria.

Pero, 2666 es también una obra imperfecta. Imperfecta no solo por los inevitables errores que siempre existen en las novelas de gran extensión, sino también por no estar acabada, por faltarle cosas que, en mi opinión personal, estaban destinadas a ser incluidas en la novela.

No deja de ser sorprendente que luego de leer una novela de más de mil páginas, me haya quedado la sensación de que le faltaron algunas (muchas) más páginas, sobre todo en los capítulos iniciales.

Un punto, en particular, me pareció que estaba llamado a ser desarrollado en extenso y con muchísima precisión en esta novela: la bibliografía de Benno von Archimboldi. Ello no fue así.

Teniendo en cuenta la importancia que tuvo El rey de la selva de Benno von Archimboldi en el desenlace final de 2666, me pareció que no solo esta novela sino también todas las que de este autor-personaje se mencionan a lo largo del libro, debieron ser desarrolladas de forma más extensa dentro de la novela, relacionándolas de alguna forma con aspecto de la trama de cada una de las partes.

Por lo demás, esto de la literatura dentro de la literatura es muy habitual en las obras de Bolaño. Y en 2666 la cosa iba a tener dimensiones en realidad apoteósicas. Sobre todo luego de esa primera parte en la que muestra a Benno von Archimboldi como ese misterioso escritor de culto, que parece saber más que los demás de todas las cosas.

Al final, no fue así y la importancia de Benno von Archimboldi en la novela es más bien relativa. Esto me parece que es culpa de haber quedado inconclusa la novela. Es decir, creo que de haber tenido más tiempo, Bolaño hubiese trabajado más en este elemento, extendiendo la importancia de este personaje en las otras partes de la novela, a través del desarrollo extenso y detallado de su bibliografía.

En fin. 2666 es una novela monumental y extraordinaria, que por las fatalidades del destino no fue incluso aún más monumental y extraordinaria. Es también, lamentablemente, una novela inclusa, que, a pesar de su extensión, me dejó la sensación de quedarle faltando algunas cosas.

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