Desgracia, de J. M. Coetzee

Desgracia es el primer libro que leo de este premio nobel de la literatura. No era en realidad un libro que tuviera ganas de leer. Hace varios años vi la película con John Malkovich, sin saber siquiera que se basaba en este libro, y no me gustó. Supuse, como en efecto lo es, que el libro debía ser mejor que la película, pero en todo caso no era una obra ni un autor que tuviera pendientes en mis visitas a las librerías.

Se presentó, sin embargo, la oportunidad de leerla y lo he hecho.

La novela es buena. Pero, no me gustó del todo la traducción de Miguel Martínez-Lage, y, ademas, creo que la forma como el autor introduce en la trama de la novela el complejo tema de la violencia sexual racista en la sociedad sudafricana post-apartheid, resultó, en mi opinión, no muy inteligible para un lector ajeno, como yo, de la cultura desde la que se escribe y la cual se nos describe.

Respecto de la traducción, me pareció que en algunos diálogos se utilizan expresiones muy del español de España, dando como resultado la impresión general de una traducción muy española. Esto, que no me gustó, es en realidad un problema para una obra en la que el idioma inglés, esto es, el idioma en el que se está contando la historia, es utilizado por el autor como una herramienta adicional para presentar las dificultades que entraña el contar el conflicto social existente en Sudáfrica.

El profesor Lurie, al igual que Coetzee, es angloparlante, y al contar en su historia el contacto con Petrus, el inglés le resulta “un medio inadecuado para plasmar la verdad de Sudáfrica”. Así, en los diálogos con este personaje, cuya lengua propia es el xhosa, debería percibirse lo inadecuado que resulta el idioma inglés para narrar las confrontaciones socioculturales existentes entre blancos y negros.

Habría que leer la versión original en ingles para ver si esto en verdad es así. Pero, en todo caso, en esta traducción, en la que nos encontramos a un Petrus utilizando expresiones del español de España, esta inadecuación del lenguaje es algo que sencillamente no se percibe.

Ahora, otra cosa que me parece que hace Coetzee en esta novela, es omitir intencionalmente información que puede no ser necesaria para un lector local, pero que para mi sí lo era. El principal ejemplo de esto es el color de piel de los personaje.

Cuando por primera vez presenta a Petrus en la novela, Coetzee lo describe de la siguiente manera: “Hay un hombre en la umbral, un hombre alto, con mono de trabajo azul, botas de goma y gorro de lana”. No menciona en ningún momento que sea negro.

Puede que para un lector local, un personaje llamado Petrus, que responda a esta descripción, y ubicado en la Provincia de Cabo Oriental, no pueda ser sino negro. Sin embargo, para mi, lector suramericano, profundo desconocedor de la sociedad sudafricana, no es así, y no solo hubiera agradecido, sino que me parece en realidad necesario, si se quería tratar con éxito el tema de la violencia racial, que se explicitara desde el principio el color de piel de los personajes, así como, de manera breve, explicar el antecedente histórico de la zona geográfica en la que se centra la acción.

Y es que, si bien a medida que avanza la historia uno tiene claridad sobre quien es negro y quien es blanco, el asunto central de la justificación histórica que hace Lucy de la violencia sexual racial padecida, resulta incompleta, en la medida en que la novela no cuenta cosas relevantes del pasado reciente como, por ejemplo, cómo Lucy se hizo con la propiedad de la hacienda que le está siendo paulatinamente arrebata por Petrus, o por qué se encuentra en la Provincia de Cabo Oriental donde la población mayoritaria es abrumadoramente negra.

En fin. Que me pareció que Coetzee en esta novela empezó a dar respuestas interesantes a problemas graves de la sociedad sudafricana post-apartheid, sin antes haber formulado claramente las preguntas.

Como dije, Coetzee pudo considerar que esto no era necesario para su lector normal o habitual. Con todo, y precisamente por esto, me parece que Coetzee termina siendo un autor, en este sentido, de interés bastante local.

Ahora, lo que si me gustó de la novela, fue la especie de relación que se teje entre la “violación” de Melanie y la violación de Lucy. Es importante destacar, creo, que el profesor Lurie, al llegar exiliado a la finca de su hija, tiene una noción clara de lo que significa estar o caer en desgracia, en su caso debido al indebido encuentro sexual con su alumna Melanie.

La desgracia de esta “pequeña” experiencia, que él mismo refiere como “no del todo” una violación, se incrementa exponencialmente y termina desboncándose, luego de la violación múltiple de Lucy. Sin lugar a dudas la desgracia ahora alcanza otro nivel. Sin embargo, la experiencia inicial no pierde en ningún momento relevancia, hasta el punto de que, en capítulos de la parte final del libro, vemos al profesor Lurie visitando a los padres de su alumna para pedir perdón.

Mi opinión particular es que este es un componente igual de importante en la novela al de la violencia racial, incluido intencionalmente por el autor, y que de alguna manera toca articular adecuadamente. Yo creo que una explicación plausible podría ser la de dar lugar a algún tipo de identificación del profesor Lurie con los victimarios de Lucy. Pero bueno.

Por último, y es finalmente lo que menos me gustó de la novela, y lo que al parecer es tema reiterativo en la obra de Coetzee, está el animalismo estúpido del profesor Lurie.

Este personaje pasa por varias etapas animalistas, desde una entendible apatía citadina hasta el estúpido compromiso incondicional con el tratamiento ético de los despojos de los animales sacrificados, pasando por el hipócrita malestar por la cercana convivencia en el campo con los animales a sacrificar para consumo humano.

Según, Coetzee es vegano, y un defensor de los derechos de los animales. En este sentido, se entiende su interés de tratar estos temas en sus obras. Pero la forma como lo hace en Desgracia, a través de su personaje el profesor Lurie, es verdaderamente ridícula. Paradójicamente, sin embargo, estas partes son las más bellamente escritas.

Empecemos diciendo que el profesor Lurie, independientemente de su “evolutiva” ética respecto de los animales, es un personaje patético. Es un mal profesor de poesía inglesa que anda embarcado en un proyecto sobre Byron que no cuaja (este aspecto de la novela que le da algo de complejidad no lo entendí muy bien). Es un hombre de 52 años, dos veces divorciado, que contrata los servicios de prostitutas para saciar su libido, y que pretende justificar los abusos cometidos en una alumna invocando a Eros. Y, finalmente, es realmente un mal padre que no logra empatía alguna con su propia hija para entenderla o aconsejarla adecuadamente respecto de su relación con Petrus y de los peligros de la zona del país en que vive.

En este personaje, que como dije, no logra empatía con otro ser humano, con su hija, Coetzee pretende desarrollar una ética respecto del tratamiento que se les da a los animales, que en mi opinión particular lo único que hizo fue terminar de completar el cuadro patético de dicho personaje.

Y es que, en realidad, este es un problema en general de los animalista, que pretenden sacar conclusiones absolutas respecto del carácter de las personas a partir de la forma como se trata a los animales. Y en el caso del profesor Lurie, la cosa resulta aún mas ridícula por cuanto se trata es de la forma como se trata a los despojos de los perros y gatos sacrificados.

Personalmente no entiendo como se puede pensar o concluir que el profesor Lurie y Bev Shaw son “buenas personas” porque se dedican a sacrificar perros por razones “humanitarias”, y a disponer respetuosamente de sus despojos, mientras que en todas las demás áreas de sus vidas en las que tienen que interactuar con otros seres humanos, son un completo fracaso.

Así mismo, tampoco entiendo como se puede pensar o concluir que al final, al renunciar el profesor Lurie al perro inválido “que ama la música” (¡por favor!), Coetzee está presentando bella y metafóricamente la renuncia del personaje a su propia vida, o a su hija, que fue lo que me pareció a mí, y no extraer esta conclusión de su decisión de abandonarla por segunda vez al buscar posada cerca de su amante Bev Shaw y de la clínica de sacrificio de animales.

En fin. Este animalismo a mi en verdad me parece una estupidez. Sin embargo, hay que reconocer que la novela, sobre todo en estas partes, está bien escrita, y que en general es buena. En todo caso, Coetzee continuara siendo un autor que no tendré pendiente en mis visitas a las librerías.

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