La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson

Hace ya más de un par de meses que terminé de leer esta novela, y no había escrito mis conclusiones por cuanto estaba, y aun lo estoy todavía, gravemente sorprendido de la decepción que me significó su lectura.

Es mucho lo que uno ha escuchado de esta novela, sobre todo como habitual recomendación para aquellos jóvenes que apenas se inician en el mundo de la lectura. A mí, debo reconocerlo, a pesar de tenerla disponible en mi juventud nunca me llamó la atención, y eso que desde joven he sido algo fanático de la literatura de aventuras. Sin embargo, sí es lugar común, producto tal vez de una experiencia similar compartida, considerar que la lectura temprana de esta novela puede imprimir en el lector la marca indeleble del amor por la lectura.

Cuando pienso en los primeros libros que dejaron en mí un verdadero gusto por la literatura, y me encuentro con novelas de aventuras como Los tres mosqueteros, o con libros que me mandaron a leer en la escuela como El libro de la selva y algunos cuentos de Saki y Cortazar, siempre llego a la conclusión de que el verdadero mérito de esas obras literarias como lecturas iniciáticas, estuvo, en mi caso particular, en haberme demostrado de forma incontestable que un rato de simple lectura puede resultar más entretenido que un rato de televisión o de cualquier otra actividad que normalmente se tenga por divertida.

Así las cosas, la lectura para mí, por lo menos en mis inicios, no se trató tanto de la búsqueda de obras de grandes o complejos méritos literarios que representasen retos intelectuales y estéticos, sino simplemente de la búsqueda de buenas historias bien contadas.

Y eso era precisamente lo que esperaba de La isla del tesoro, una obra divertida que me hiciera pasar un buen rato con sus historias de piratas, barcos y tesoros. Ello, sin embargo, no fue así. Y no lo fue por las siguientes razones.

En primer lugar, la historia me pareció excesivamente plana. Hay muchas formas de hacer entretenida una historia, pero tratándose de literatura de aventuras, creo que el asunto va casi siempre por la vía de crear una historia con giros argumentales en cierta medida inesperados que generen momentos de tensión que se vean a su vez resueltos, no necesariamente al final, sino a medida que la historia se desarrolla.

En toda la historia que se nos cuenta en La isla del tesoro, el único momento de suspenso digno de recordación, en mi opinión, fue aquel en que el joven Hawkins llega al fortín y se encuentra con la sorpresa de que estaba habitado por los piratas amotinados. “¡Doblones! ¡Doblones!”, extraordinario. Sin embargo, cuando me enteré que fue lo que pasó para que los piratas se apoderasen de tan ansiado fortín, la decepción fue grande.

Otros momentos, de acción, como las luchas de la posada y del fortín y el abordaje en solitario de la Hispanola, o de suspenso, como aquellos que juegan con la real identidad de los personajes Jhon Silver y Ben Gunn, me parecieron rayanos en lo insulso. Ben Gunn imitando la voz del fallecido capitán Flint, por favor. Y para terminar de fregar, los piratas logran darse cuenta de la impostura. En fin.

Además de lo anterior, y como segunda razón, La isla del tesoro me resultó decepcionante por una ambigüedad inútil que acompaña a muchos de sus personajes. Jhon Silver es tal vez el mejor ejemplo de ello. No sabe uno a ciencia cierta si estamos frente al malvado pirata al que Bones teme con pavor, o más bien frente a un líder desafortunado al que nada le sale bien y que termina vendiendo a su bando por el favor de Hawkins. Esta ambigüedad, en mi opinión, resulta tonta e innecesaria. Nada saca de ella el lector, e incluso en ocasiones lleva a conclusiones absurdas como piratas que saben sobrevivir a la mar, pero que no saben acampar.

Por último, está la cuestión del vocabulario. Indiscutiblemente palo de mesana es una expresión hermosa, que no importa que uno sepa lo que significa, para que mantenga su musicalidad. Sin embargo, cuando la historia deviene en una sucesión de términos marinos, como bauprés, foque, quilla, botavara, escota, gobernalle y forbante, ya la cuestión no se queda en la simple musicalidad de las palabras, sino que traspasa a la imposibilidad muchas veces de comprender lo que realmente está sucediendo en la historia.

En conclusión, La isla del tesoro no me ha gustado.

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