La caja negra, de Amos Oz

Amos Oz es uno de esos escritores que año tras año suenan siempre para el premio nobel de literatura. Como no había leído nada de él, en una visita a una librería de la ciudad compre el libro Mi querido Mijael, editado por Debolsillo, y que tenia ahí a la espera de que le llegara su turno. No recuerdo cuales libros de este autor había en la librería en aquella ocasión, con seguridad no estaba La caja negra, pero sí recuerdo que elegí Mi querido Mijael por estar narrado a través de una voz femenina, lo que, en mi opinión, le otorga un mayor grado de dificultad, y por tanto, de mérito, a una obra escrita por un hombre.

Sin embargo, y antes de que le llegara su turno, leí en algún lugar una reseña de su novela La caja negra, y aun cuando su titulo no me pareció atractivo, si lo fue el que se tratara de una novela epistolar en la que se reunían las cartas de dos ex esposos, porque, por una parte, encontraría en una misma obra voces narrativas femenina y masculina, y, por otra, porque sería la primera novela de literatura epistolar que leyese en mi vida, género literario del que muy poco había escuchado y nada había leído.

Ahora bien, debo decir que, en términos generales, la literatura epistolar, a través del ejemplo que constituye La caja negra, no me ha gustado mucho. La razón es que la estructuración de una historia a través de cartas presenta serios inconvenientes de ritmo narrativo, al constituir cada documento un texto independiente. Estos inconvenientes, que cada autor, me imagino, intenta solucionar de su propia manera, tienen consecuencias que, en definitiva, no se compensan, o por lo menos a si me pareció a mi, con la belleza estética o íntima que el autor pueda logar utilizando la forma epistolar.

Cuando se trata de cartas verdaderas que se cruzaron dos o más personas reales, es claro que el interés histórico sustituye con creces el simple interés literario, y por tanto no nos interesa tanto la historia que está contenida en dichas cartas, como las cartas mismas. Por el contrario, cuando se trata de una novela de ficción, escrita a través de cartas, el autor debe garantizar que el interés literario, el interés en la historia que nos cuentan esas cartas, no decaiga.

Lograr esto, creo, en la literatura epistolar, es supremamente difícil. Bueno, también lo es en la literatura no epistolar. Pero a lo que me refiero es que las cartas, al ser escritas por un personaje particular, y dirigidas también a un personaje en particular, y no a una generalidad indeterminada, tienen como punto de partida un subjetivismo compartido entre el emisor y el receptor, que hace que el mensaje en muchas ocasiones resulte simplemente ininteligible al lector desprevenido. Y contar una historia, con su inicio, nudo y desenlace, a través de piezas que presentan estas limitaciones, no es nada fácil.

Habrá muchas formas de sortear esta cuestión, me imagino. Yo no lo sé. Pero de La caja negra me parece que se extraen dos, en mi opinión, no muy afortunadas.

La primera es empezar a escribir cartas que no son verdaderas cartas, o por lo menos no son cartas creíbles. Y no son cartas creíbles porque en ellas el personaje emisor empieza a rememorar y contar, sin ninguna razón, una cantidad de cosas que el personaje receptor debe de saber o recordar. Muchas de las cartas que le escribe a Alec su abogado me parecen que encuadran en lo que venimos diciendo. Resultan cartas tan llenas de detalles, de historias minuciosas, de nostalgia, que son poco creíbles como cartas que un abogado, por más amigo que sea de la familia, le escribe a su cliente. Esto lo hace el autor porque, creo, es la forma para, utilizando cartas, suministrarnos a nosotros la información suficiente para crear y desarrollar su historia.

La segunda forma que se emplea en La caja negra para sortear las limitaciones de la literatura epistolar, es el uso de los telegramas. No fueron muchos, pero si los suficientes para darnos cuenta que más que la urgencia en los personajes de hacer llegar un mensaje, demostraban era la urgencia del autor de hacer avanzar la historia.

En fin, que me parece que el género epistolar sacrifica mucho en un aspecto, el narrativo, y no garantiza nada en los otros. Pero, claro está, esta es una conclusión particular a la que llego luego de haber leído tan sólo una novela del género, lo que resulta abiertamente precipitado. Con todo, ello fue lo que no me gustó de esta novela.

Lo que sí me gustó, por otra parte, vino de la mano de algo que mencionaba al principio, y estuvo en el uso de la voz narrativa femenina. Las mejores carta del libro son, en mi opinión, las de Ilana. Son carta de una belleza conmovedora, pero, sobre todo, de una gran profundidad emocional. En ocasiones arrepentida, humilde e implorante; en otras, una verdadera mal nacida. Si bien para comprender cabalmente todo esto se debe tener en cuenta el contexto judío en que se ubica la relación, en mi opinión, basta con percatarse del poder que esta mujer todavía ejerce sobre su ex esposo, para comprender su juego.

Las cartas de lo demás personajes no me gustaron mucho. Las de Alec, a pesar de la gran preparación académica del remitente, me parecieron simples. Las de Boaz, quien según las cartas de su madre resulta un personaje interesante, incluso a nivel filosófico, se quedan sólo en las faltas ortográficas. Y las de Sommo resultan en ocasiones verdaderamente patéticas.

Por último, decir que Oz es un escritor profundamente político, con gran protagonismo a nivel internacional en la búsqueda de solución al conflicto judío palestino. Esto, creo, ha tenido, o puede tener, la consecuencia de que su obra se lea bajo una óptica política que puede perjudicarla. En mi opinión particular no es malo que un escritor, como figura pública que es, asuma cierto protagonismo a nivel político. El merito literario de una obra de este tipo de autores ha de estar en superar, precisamente, ese protagonismo político. En otras palabras, cuando se habla más de un escritor por sus ideas políticas que por su obra literaria, la cosa no va bien.

A pesar haber leído sólo una novela de este autor, sí creo que su obra es de tal calidad que supera su protagonismo político; o podría ser también que su labor política me resulta tan ajena y desconocida, que no influyó en mi lectura.

Un comentario en “La caja negra, de Amos Oz”

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