Los informantes, de Juan Gabriel Vásquez

De lo que he leído de autores colombianos contemporáneos nada me ha sorprendido tan gratamente como esta novela de Juan Gabriel Vásquez. Considero que ello se debió al uso del lenguaje, y no al planteamiento estructural “vanguardista” de la novela, que es lo que, tengo la impresión, le ha merecido el reconocimiento, no solo de la crítica especializada, sino también de sus pares escritores.

La edición de punto de lectura que leí, trae un pequeño epígrafe al final en el que reúnen los elogios que grandes escritores y críticos le hicieron al libro. Esos pequeños párrafos resultan, en mi opinión, exagerados, y arrojan un manto de sospechosa indulgencia sobre una obra que está lejos de necesitarla. Pareciera que la editorial estuviese tratando de inducir al lector en el error de percatarse sólo de aquello que es de importancia del libro y obvie sus falencias.

En mi opinión, Los informantes es una muy buena novela, que si se tiene en cuenta que es la primera de su autor, resulta de una calidad en verdad sorprendente, lo que permite augurar, como lo hacen muchos, grandes obras futuras. (Su segunda novela, Historia secreta de costaguana, que quiero leer desde hace rato, ha recibido también muy buenas críticas.)

Como decía, la sensación más grata que me dejó la novela fue en cuanto al lenguaje, o mejor, la prosa del autor. Se nota que es un escritor que sigue al pie de la letra el consejo que su personaje Gabriel Santoro padre le dio a su hijo cuando empezó a escribir su tesis: si suena bien para el oído está bien para el texto. Se trata, por tanto, de un libro muy bien escrito, que da gusto leer. Su temática, su estructura y finalmente, su historia, por el contrario, no me resultaron del todo interesantes, ni mucho menos igual de buenas que la prosa en que se expresan.

Dice The New York Times refiriéndose a este autor, que una característica de los escritores talentosos es la habilidad de descubrir en incidentes, anécdotas o pequeñas historias que otros han pasado por alto, el potencial para elaborar interesantes e irresistibles obras literarias. Ello, indudablemente, es cierto. Sin embargo, estoy lejos de pensar que Los informantes constituya un ejemplo de lo anterior.

El tema de los nazis en Colombia como punto de partida para tratar un tema tan profundamente humano como es la traición, y que en nuestro país habrán cantidades de ejemplos o situaciones mucho más cercanas al ciudadano común y corriente, no funcionó muy bien en su propósito de crear una obra en la que, como el mismo nos dice que fue su propósito, quedase claro el efecto que tiene la literatura en la vida real. Pero de eso hablaremos un poco más adelante.

Simplificando mucho la novela, la traición, no solo la de un amigo a otro sino también la de un padre a su hijo, es el tema fundamental que la atraviesa hasta su último capítulo, en el que se nos refieren esos “últimos encuentros” que tuvieron lugar, primero, entre los dos amigos, y luego, entre el amigo traicionado y el heredero del victimario.

La forma en que el autor desarrolló este asunto, que mi opinión debía incluir tanto la justificación o razón de ser de dicho encuentro como también sus resultados y conclusiones, fue la primera decepción que me llevé con respecto del libro, ya al final.

No es un tema fácil de escribir, me parece, esa compleja amalgama de sensaciones que ha de tener lugar en un encuentro entre una víctima y su victimario, peor cuando este último está verdaderamente arrepentido. Sin embargo, lo mínimo con lo que uno como lector debe contar en estos casos es con la información suficiente de cada uno de los personajes involucrados, para podernos hacer una idea de la situación.

En Los informantes, Enrique Deresser nos es un total desconocido hasta mucho más allá de la mitad del libro, e incluso allí, cuando finalmente aparece, se nos muestra como un personaje plano, con una indiferencia rayana en lo increíble, que hecha al traste la apariencia de “personaje clave”, que a mi particularmente me pareció que iba a asumir, cual Miralles en Soldados de Salamina de Cercas, tanto de la novela toda como de las que Santoro hijo escribió dentro de aquella.

Y es que al final, no puede uno evitar preguntarse qué carajos buscaba Santoro hijo, o por lo menos qué consiguió, con su visita a Enrique Deresser, y la respuesta es, creo, nada, más allá de tener algo para escribir en la posdata. Pero bueno, si la intención del autor no era profundizar en este aspecto, sencillamente le estamos achacando carencias o defectos que el autor en ningún momento se preocupó en llenar.

Pero cambiemos de tema. Tal vez lo más celebrado de esta obra sea su estructura narrativa. Dicha estructura, que parte de algo que está muy de moda hoy día, que es el personaje escritor o periodista, logra reunir de una forma muy interesante, utilizando recursos literarios como las “cajas chinas”, que yo no sabía que se llamaban así, la pugna que tiene lugar entre un escritor y su padre, y la capacidad que tiene el ejercicio de la escritura y de la lectura no solo para canalizar dicho conflicto, sino también para lograr o generar otros graves procesos de conocimiento personales e interpersonales.

Indiscutiblemente, al escribir “Una vida en el exilio” Santoro hijo no solo se acercó a la gran amiga de la familia Sara Gutterman, sino también abrió una puerta de comunicación hacia su padre que este había cerrado hacía mucho tiempo. Así mismo, con la publicación de “Los informantes”, que según la “Posdata de 1995” va hasta el instante de claridad inspiracional del final del capítulo 4, Santoro hijo quería, no solo, como nos dice él, que su padre dejase de ser “la figura falsa que él mismo [su padre] había asumido” para pasar a reclamar una real posición ante él “como lo hacen todos nuestros muertos”, sino también y sobre todo, verse en la necesidad de enfrentar ese “último encuentro” que mencionábamos arriba, y que, como dijimos, no nos pareció desarrollado de forma afortunada.

Ahora bien, para desplegar su narrativa, el autor utiliza otra estrategia, también de moda hoy día, y es la de hacernos creer que estamos frente a un libro de crónica y no ante un obra literaria. En alguna entrevista que hay por la web el autor nos dice que intencionalmente hizo que su personaje-narrador se pareciese lo más posible a él, para dar así un mayor grado de verosimilitud a la historia. Sin embargo, ciertos pasajes de la novela, en particular los referente a Angelina (su conversación telefónica con Santoro hijo, su contratación por un medio de comunicación para desenmascarar a Santoro padre, y, finalmente, su decisión de salir por televisión diciendo todo lo que dijo por simple despecho amoroso) resultan cuando menos sospechosas.

Finalmente, está el asunto del efecto que la literatura tiene en la vida real. Si lo miramos desde el punto de vista de la inclusión de una historia dentro de otra historia, o “cajas chinas”, la cosa resulta encuadernable fácilmente como un asunto meramente político o de buenas maneras, y es algo que además todos sabemos: que la publicación de un libro o de una historia puede exponer (justa o injustamente) a la picota pública la vida del que hasta eses momento fuese el hombre más honrado y admirable posible. Con la publicación de “Una vida en el exilio” y “Los informantes” Santoro hijo logró precisamente eso.

Sin embargo, creo que la cuestión aquí es más sutil. No se trata de los efectos que un libro, una carta de denuncia, o cualquier documento escrito pueda tener en la vida real, sino del efecto que la escritura y lectura de un texto puede tener en la forma en que una persona ve o vive la vida.

Los reproches que en el salón de clases Santoro padre le plantea a su hijo sobre su libro “Una vida en el exilio” o el deseo de Enrique Deresser de visitar en lugar del accidente de su amigo de juventud (que sirvió también para demostrarle al hijo del traidor que la muerte de su padre fue accidental), pueden interpretarse de ambas formas.

Ahora bien, cuando yendo hacia el sitio del accidente Deresser le comenta a Santoro hijo que vio en la carretera algo que aquel había escrito en su libro, no me acuerdo ahora qué, y Santoro agrega que Deresser “había comenzado a interpretar una buena parte de su mundo a través de algo leído”, resulta claro, por lo menos para mí, que el autor le apuesta a la segunda de las forman mencionada. Sin embargo, este es un tema cuya complejidad solo se alcanza a entrever en la obra que comentamos.

2 comentarios en “Los informantes, de Juan Gabriel Vásquez”

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