El tambor de hojalata, de Günter Grass

El tambor de hojalata es una novela extensa, más de setecientas páginas en la edición que leí. Sin embargo, cuando llega uno al final, siente que en verdad no era tan larga como uno creía, y que fácilmente podríamos seguir leyendo, muy entretenidos, los siguientes 30 años de la historia de Oscar.Y es que este pequeño personaje resulta tan genial, que limitar su vida literaria a sólo sus primeros 30 años nos parece una injusticia. Aun cuando, gracias a la revisión del caso del anular que se menciona al final del libro, es posible que Oscar tenga que abandonar el cómodo sanatorio donde se encuentra recluido, y por tanto emprender una “segunda salida”.

Ahora, la razón por la cual es tan entretenida esta novela, es por, creo, la cantidad de embustes que su autor nos logra embutir en su novela. Una señora que es embarazada por un fugitivo mientras lo escondía debajo de sus cuatro faldas, un niño que decidió dejar de crecer y que además quiebra ventanas con la voz, un mascaron de barco que mata a la gente, un bar donde la gente va a llorar pelando cebollas, una pareja cuyo amor solo sobrevive a costa de la uña del dedo gordo del pie derecho de ella, y así un larguísimo etcétera.Para uno, que lee bajo el influjo de la literatura de García Márquez, es imposible no sentir cierta semejanza entre esta novela de Grass y el realismo mágico. Y claro, no puede uno evitar sorprenderse de que en un país europeo, del primer mundo, completamente desarrollado, guste también la literatura basada en mentiras burdas y exageradas planteadas para entretener. Y es que, si miramos bien, la historia de Oscar, más que extraordinaria o importante, es fantástica e irreal.

Ahora, claro está, este libro, así como los de García Márquez, es mucho más que una simple compilación de mentiras. Son mentiras extraordinariamente contadas. Esta larga novela, inclusive en la traducción, esta toda muy bien escrita, y da gusto leerla.

No es fácil explicar por qué. A mí personalmente me gustó sobremanera esa interpolación entre la primera y la tercera persona del autor, aun cuando muchas veces es algo normal en los malos escritores. Entonces, que es lo que hace que en esta ocasión sea un ejemplo de un magistral uso del lenguaje.

Es indudable que esta novela es una de aquellas grandes novelas que permite el desarrollo, por parte de la doctrina, de un complejo simbolismo que trate de desentrañar sus múltiples “misterios”, entre ellos ese del cambio constante entre la primera y la tercera persona.

A mí personalmente, me cautivo mas su estilo en su simple simplicidad. Nunca me preocupó, a decir verdad, el tratar de desentrañar que carajos quiere significar el que Oscar haya decidido dejar de crecer, o el cambiar a cada rato de primera a tercera persona en la narración.

Me conformo con la sabrosura del lenguaje. Leer a Grass fue para mí un deleite. Indudablemente un clásico. Con todo, y como quiera que el simbolismo es importante, transcribo dos párrafos de la reseña de Vargas Llosa, que se refieren, en mi opinión, a las dos cuestiones más importantes de la novela.

“Si hay un mensaje simbólico encarnado en la peripecia histórica que relata Óscar Matzerath, ¿cuál es? Que, a los tres años, por un movimiento de la voluntad, decida dejar de crecer, significa un rechazo del mundo al que tendría que integrarse de ser una persona normal y esta decisión, a juzgar por los horrores y absurdos de ese mundo, delata indiscutible sabiduría. Su pequenez le confiere una especie de extraterritorialidad, lo minimiza contra los excesos y las responsabilidades de los demás ciudadanos. Desde ese margen en el que su estatura insignificante lo coloca, Óscar goza de una perspectiva privilegiada para ver y juzgar lo que sucede a su alrededor: la del inocente. Esta condición moral se transmuta en la novela en atributo físico: Óscar, que no es cómplice de aquello que ocurre en torno suyo, está revestido de una invisible coraza que le permite atravesar indemne los lugares y situaciones de más riesgo, como se hace patente, sobre todo, en uno de los cráteres del libro: la defensa del correo polaco de Danzig. Allí, en medio del fragor de la metralla y la carnicería, el pequeño narrador observa, ironiza y cuenta con la tranquila seguridad del que se sabe a salvo.

Pero hay otra mudanza, también, de naturaleza menos obvia: el narrador habla a veces en primera persona y otras en tercera, como si el enanito del tambor fuera otro. ¿Cuál es la razón de este desdoblamiento esquizofrénico del narrador a quien vemos, a veces, en el curso de una sola frase, acercarse a nosotros con la intimidad abierta del que habla desde un yo y alejarse en la silueta de alguien que es dicho o narrado por otro? En la casa de las alegorías y las metáforas que es esta novela haríamos mal en ver en esta identidad cambiante del narrador un mero alarde estilístico. Se trata, sin duda, de otro símbolo más, que representa aquella doblez o duplicación inevitable que padece Óscar (¿que padece todo novelista?), al ser, simultáneamente, el narrador y lo narrado, quien escribe o inventa y el sujeto de su propia invención. La condición de Óscar, desdoblándose así, siendo y no siendo el que es en lo que cuenta, resulta una perfecta representación de la novela: género que es y no es la vida, que expresa el mundo real transfigurándolo en algo distinto, que dice la verdad mintiendo.”

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