El niño con el pijama de rayas, de John Boyne

Dependiendo de si consideramos que es para niños o para adultos, este libro nos ha de parecer, respectivamente, o simplemente malo o extraordinariamente malo. No sé cuál de estos sea el caso.

Si es para niños, esto es, si se trata de un libro de literatura infantil, escrito por tanto dentro de las limitaciones de lenguaje que entraña el dirigirse a niños de 12 años, se comprendería, en parte, lo fastidiosos del estilo narrativo de este autor, y podríamos entonces centrarnos en las cualidades de la historia.

Si, por el contrario, se trata de un libro escrito para adultos, no hay nada que hacer, y hay que decir el libro fracasa clamorosamente. Ni siquiera la historia lo salva, que es lo único más o menos bueno, y que el autor se encarga de dañar imprimiéndole lo que él, me imagino, considera es la natural ingenuidad y bondad de los niños, pero que resulta ser simple estupidez del autor.

Por ello, no me gustó, o me pareció que no funcionó correctamente, esa forma de plantear la ingenuidad infantil a través de la incapacidad de Bruno de llamar las cosas por sus nombres. Al Führer, Furias; al campo de concentración de Auschwitz, Auchviz. Y es que el que un niño no pueda pronunciar una palabra difícil no significa que no pueda entender, en su medida, una situación histórica, para él una realidad actual, supremamente dura como lo es la guerra.

Ojo, los niños son ingenuos y buenos por naturaleza, pero no son estúpidos. Y este libro rezuma estupidez.

Leyendo la escena de la “marcha” bajo la lluvia al final del libro en la que Shmuel le dice a Bruno que no sabe cuánto dura porque no ha visto regresar a nadie luego de una, a pesar de que en aquel lugar las marchas eran habituales, y aun así Bruno cree que entran a la cámara a guarnecerse de la lluvia, se me vino a la cabeza el niño de La lista de Schindler, aquel que salva a Danka y a su madre cuando hacía de policía judío al servicio de los alemanes, recorre como 5 escondites en un campo incluyendo una letrina, e inculpa del robo de una gallina a aquel que mataron para intimidarlos a confesar. Como contrasta la simplicidad de aquel niño con la sagacidad de este.

Claro, como se trata de un niño alemán, es entonces comprensible, en cierta medida, su desconocimiento respecto a ciertos temas como el de los judíos. Sin embargo, ello no justifica, en mi opinión, el comportamiento de Bruno en muchas otras situaciones. Además, una de las características del régimen nazi fue el de involucrar desde muy temprana edad a los niños, por lo que no resulta muy creíble que el hijo de un oficial nazi sea tan ignorante en estos temas.

Ahora, seamos claro al respecto, mi opinión no es que la historia de El niño con el pijama de rayas sea estúpida. Por el contrario, creo que es ingeniosa y que destaca bellamente aspectos como la amistad. Lo estúpido, en mi opinión, fue la forma de contarla.

Un primer aspecto fue, creo, que si bien el libro está escrito utilizando un narrador objetivo u omnipresente, en muchas ocasiones observamos que, de forma intencional, se nos niega información o aportes relevantes relativos a personajes distintos a Bruno, sobre todo en los diálogos. Esto lo hacia el autor, según creo, para obligarnos a ponernos en el lugar de Bruno. Sin embargo, más que una empatía real con el personaje, la impresión que surge de esta situación es que Bruno en un niño poco atento a las indicaciones de los demás, que no se molesta nada en confirmar o corregir sus primeras impresiones.

Por ejemplo, cuando la hermana de Bruno le dice que las cercas del campo no están para evitar que él entre sino que los judíos salgan, debió Bruno empezar a plantearse mejor algunas cosas en su relación con Schmuel, cosa que no hizo. Como ayudarlo a escapar para jugar a explorar fuera.

También, en varias ocasiones, sentí que los diálogos de Bruno con otros personajes eran, en estos temas, exageradamente sesgados, y terminaban siempre con la renuncia del interlocutor de explicar a Bruno las cosas ante su incapacidad de comprender, la que se da por sentada a lo largo de toda la novela.

Un segundo aspecto, es lo repetitivo del lenguaje utilizado: Que la hermana siempre era una tonta de remate, que el niño siempre procuraba ser sincero consigo mismo, que mama nunca permitía que la interrumpieran, que papa tenía prohibido entrar bajo ningún concepto y sin excepciones al estudio, etc.

Aun cuando este tipo de cosas se utilizan con frecuencia en la literatura infantil para dar coherencia o peso a los personajes, lo cierto es que en este caso se excedió en ello por mucho, y a mí particularmente me pareció supremamente aburrido.

Y si a esto además agregamos los títulos a los capitulo, exageradamente estúpidos, que le colocó el autor, imitando creo yo el estilo de la saga de Harry Potter, la cosa ya resulta fatal inclusive dentro del ámbito de la literatura infantil. Y es que eso de “El punto que se convirtió en una manchita que se convirtió en borrón que se convirtió en una figura que se convirtió en un niño” es, en mi opinión, un atentado a la literatura y al lenguaje.

En fin, el libro es malo. Pero más malo todavía es la fama que tiene y que hace sea preferido frente a otros muchos más, y mucho mejores, que tratan de alguna forma el tema del holocausto de la segunda guerra mundial.

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