Madame Bovary, de Gustave Flaubert

He de decir, no sin cierto temor, que Madame Bovary no me ha gustado mucho. O mejor, no me ha gustado tanto como esperaría uno que le gustara una obra que es reconocida como una de las mejores de toda la literatura universal. La novela de Flaubert es, sin lugar a dudas, muy buena. Tiene cosas verdaderamente extraordinarias. Sin embargo, tiene también otras que me causaron cierto reparo e incluso abierta contrariedad. Iré aquí refiriéndome a ellas mezclándolas desordenadamente.

Según, Flaubert era en extremo riguroso en su trabajo de escritor. Daba gran importancia al lenguaje utilizado, llegando a ser conocido por lo que él llamaba la búsqueda de la “palabra exacta”. Esto, creo, hace que una de las cosas a valorar con más cuidado de su obra sea el estilo. Con la traducción, claro está, esa búsqueda de la palabra perfecta pierde bastante de su significado. Con todo, lo mejor del libro, aún en versión castellana, es, en mi opinión, el estilo. Toda la novela está muy bien escrita y constantemente aparecen apartes de una belleza estremecedora. Además, es fácil de leer. Particularmente me sorprendió lo rápido que la leí a pesar de su extensión. Y no creo que haya sido por méritos de la historia, sino a la forma muy particular de contarla.

De manera casual, casi como que sin querer, en muchas ocasiones, Flaubert agrega detalles importantes, trascendentales incluso, de la historia. Como cuando dice que Charles agregó a la nota de invitación al matrimonio de León, que Emma se hubiera alegrado mucho de esta noticia, lo que demuestra la absoluta ignorancia en que estaba el esposo de las infidelidades de la esposa. O al final de la primera parte, en que sin mayores vueltas nos dice que Emma estaba embarazada. Este tipo de cosas es lo que hace, en mi opinión, que se sienta que el libro, a pesar de su extensión, avanza rápido.

La historia, por el contrario, es más bien simple, ordinaria, aburrida incluso. Pero los personajes son muy buenos. Todos menos uno, que es la que casualmente le da nombre al libro, y que en mi opinión, resulta verdaderamente molesta. Es sorprendente, eso sí, lo actuales que son estos personajes, que puede uno encontrarse hoy día con ellos en cualquier esquina.

Charles es un buen hombre, al que no se puede culpar de la conducta de su esposa. Su sencillez y poca ambición le granjean el aborrecimiento de Emma. Su falta está en no haber comprendido a su mujer, en no haber entendido lo qué quería, lo que necesitaba para ser feliz, pero igual creo que ni siquiera ella sabía muy bien qué era aquello. Charles, equivocadamente, sacrifica muchas cosas por esta mujer con la esperanza de hacerla feliz, pero a Emma estas muestras de amor la tuvieron sin cuidado e incluso le disgustaron por su notoria falta de pasión. Además de esto, Charle es medio bruto. No solo por los problemas que tuvo para lograr el título de médico, sino también por su incapacidad absoluta de darse cuenta de las infidelidades de Emma. Al final, siente uno mucha simpatía por este sujeto que amó tanto a una mujer que no era digna de él, que incluso murió por ella.

León, por su parte, es el típico joven amante inmaduro, que se mete en una relación mucho más complicada de lo que puede manejar. Es, de los tres, el que menos ama a Emma, y creo que con razón, por cuanto llega a ella cuando ya está “corrompida”. Me pareció interesante ver como Emma intenta utilizar con León la misma estrategia que Rodolphe utilizó para terminar con ella, y sin embargo, no le salen bien y termina enamorándose del pobre estudiante. Ahora, la primera parte de la relación, antes de que entrara en escena Rodolphe, es muy bonita y nos muestra la sinceridad y timidez del afecto de León. No creo, por cierto, que este amor platónico pueda verse como el caldo de cultivo en el que surge la relación con Rodolphe.

Rodolphe es un cínico extraordinario que sabe perfectamente cómo hacer para llevar a las viejas a la cama y no se complica mucho la vida con cuestiones morales. Además, Emma es el tipo de mujer que le viene más que perfecto a este tipo de sujetos: inmaduras, confundidas y vanidosas. Rodolphe se da cuenta de inmediato de esto y no demora en sacarle provecho. Indudablemente no es un personaje simpático, pero al lado de Emma sale mucho mejor librado por cuanto muestra desde el principio su real condición.

Emma, por último, es una hipócrita inmamable, que se engaña a ella misma y a su marido. No sabe lo que quiere pero lo quiere de todas maneras, y lo que es peor, lo quiere de forma tan absurda que cada vez que cree que no lo consigue enferma gravemente. No es, en mi opinión, un buen modelo femenino el que encontramos aquí. Sin entrar en consideraciones feministas, creo que Flaubert fue abiertamente injusto al crear este personaje, dotándolo solo de defectos. Y es que ni siquiera esa inclinación incontenible hacia el amor verdadero que en algunas obras justifica la infidelidad, es aquí una cuestión que genere alguna empatía con esta mujer. Lo que sucede es que en ningún momento uno siente que Emma esté verdaderamente enamorada de alguno de los sujetos arriba mencionados. Ella está enamorada, mas bien, es del estilo de vida cortesano que la deslumbró en aquella primera fiesta a la que asistió, y es precisamente por complacer este deseo de llevar una vida de lujos y placeres junto a Rodolphe y Leon, que Emma cae en el verdadero vicio, la disipación económica. Ya no se trata solo de la infidelidad, sino que ahora se le está gastando toda la plata al pobre Charles a sus espaldas.

Es este vicio el que arrastra a Emma hacia su conocido fin, uno de los suicidios más famosos de la literatura, y que en mi opinión es una de las cosas más decepcionantes del libro. Emma se suicida por las deudas económicas. No por el temor que su esposo descubriera sus infidelidades, ni por la decepción que pudiera sufrir ella ante la indiferencia de sus amantes que le niegan la ayuda que necesita para resolver sus problemas.

Ahora, suicidarse por deudas es algo que actualmente no se comprende mucho. Tal vez en aquella época cuando las deudas eran penadas con cárcel, esto se viera como algo más comprensible. O si tuviera por lo menos ese elemento honorable de preferir morir antes de ver su reputación manchada por el incumplimiento de una obligación, cual Morrel en El conde de Montecrito. Claro está que esto último no hubiera funcionado con Emma, por la sencilla razón de que ya para estos momentos no conservaba honor alguno. Se había rebajado pidiéndole dinero a León y Rodolphe, luego intenta seducir al comerciante (quien la rechaza), y en vez de aceptar acostarse con el notario, como hubiera sido lo normal, se suicida sorpresiva e inexplicablemente con el arsénico del boticario.

Pero bueno, la conclusión va por que Madame Bovary no es unos de mis clásicos favoritos, pero es indudablemente un clásico.

2 comentarios en “Madame Bovary, de Gustave Flaubert”

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