El hombre que fue jueves, de G. K. Chesterton

La sensación que me quedó al terminar de leer esta novela fue qué se trataba de un libro para niños. Incluso, cada vez que uno de los miembros del consejo revelaba su verdadera condición de detective del Scotland Yard, sentí que faltaba uno de aquellos bellos dibujos que acompañan generalmente los libros infantiles en que se mostrara al sujeto quitándose su respectivo disfraz. Ahora, es claro que el lenguaje utilizado por Chesterton, así como el complejo simbolismo planteado en su obra, no son para niños. Sin embargo, no se puede negar que la historia, con su entretenido y cíclico carácter sorpresivo, es bastante infantil.

Creo, en este sentido, que esta obra de Chesterton constituye una interesante y compleja alegoría planteada mediante una historia entretenida pero infantil. No creo, por cierto, que esto sea algo bueno. Es decir, no creo que pueda uno decir que qué bueno Chesterton que logró evacuar complicados temas sociales o filosóficos a través de una historia simple al alcance de todos, revelándonos así grandes, o no tan grandes, verdades. En mi opinión, la simplicidad de la historia es un problema a la hora de querer desarrollar alegóricamente temas serios como la religión o la moral. Con todo, es cierto que en todo momento, como trasfondo de la novela, uno percibe ese mensaje oculto, del que son muchas y variadas las interpretaciones.

Por ejemplo, que se debe entender, o mejor, quienes son en realidad en esta novela los anarquistas. Si bien actualmente lo que uno podría pensar es que se trata de un grupo de terrorista, ciertas referencia de carácter sociológico realizadas por Chesterton refutan esta conclusión. Lo primer aquí es determinar contra quien están estos sujetos. Pareciera que no es solo contra el Gobierno, sino también contra Dios, e incluso contra el hombre común. Indudablemente este análisis debe hacerse utilizando citas textuales de la obra, cosa que no estoy dispuesto a hacer. La obra no me gustó tanto como para ponerme a buscar frases celebres. Sin embargo, esa es más o menos la impresión que me quedó a mí.

De lo que puede extraerse de esta novela con connotaciones alegóricas, como los nombres de los miembros del consejo, o sociológicamente interesante, como ese constante temor de los policías de que el pueblo apoye a los anarquistas, o las indicaciones del Domingo de cómo disfrazarse, la idea o mensaje que más claro me quedo a mí, y que más me gustó, es la de que el bien y el mal nunca están completamente separados. Ni los buenos son solo buenos, ni los malos son solo malos. El Domingo es el mejor ejemplo de esto, y no solo por la doble condición de jefe de los anarquista y hombre misterioso del Scotland Yard, sino, principalmente, por el efecto que genera en los otros seis miembros del consejo, del Lunes al Sábado, que a pesar de estar persiguiéndolo a muerte no saben si en verdad lo odian o lo quieren. Domingo, en mi opinión, claramente representa a un dios, pero un dios que es al mismo tiempo bueno y malo.

Por último, está el tema de los personajes. Los primeros capítulos fueron los que más me gustaron de la novela, y me gustaron por la forma extraordinaria en que Chesterton nos fue presentando tanto a Lucian Gregory como a Gabriel Syme, así como a alguno que otro personaje del barrio londinense de Saffon Park. Por el contrario, al introducir a los otros personajes, los demás días de la semana, en el capitulo quinto, me dio la impresión que Chesterton no se preocupo en hacerlo de igual manera, y sentí que el estilo perdía calidad para enfrascarse en la historia de cíclicas sorpresa que constituye la regla en el resto del libro.

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