El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas

Luego de leer El lector de Bernhard Schlink, me quedó sonando la cuestión de personajes analfabetos en la literatura. Casi que de inmediato se me vino a la cabeza la película con James Caviezel en la que encarna a un Edmundo Dantes analfabeto. A pesar de que esta película es clamorosamente transgresora del libro original, no pude evitar sentir cierta simpatía hacia el pobre Edmundo de esta versión cinematográfica, que sufre las conocidas desgracias en parte por no saber leer.

Esta simpatía, que en ningún momento la sentí hacia Hanna de El lector (se trataba de una criminal de guerra nazi), me instó a realizar una nueva lectura de este clásico de Dumas. Ahora, la primera sorpresa que me llevé, y que me indicó que en efecto era un buen momento para una relectura, es que Edmundo Dantes no es analfabeto, y que muy por el contrario, en el juicio sumario que le realizó Villefort, pudo leer la carta en que le denunciaban pero no reconoció la letra. Una más de las tantas libertades que se tomo el libretista de aquella película.

Pero bueno, de esta segunda lectura me han quedado las siguientes impresiones.

Al hablar de El conde de Montecristo, lo primero que hay que decir, y esto es algo que le queda a uno bien claro desde la primera lectura, es que la historia de Edmundo Dantes es una historia sencillamente extraordinaria, y que con una historia tan buena como esta no hay que ser muy buen escritor, y mi opinión particular sobre Dumas es que no es un escritor excelente, para escribir un buen libro.

Sin embargo, luego de esta segunda lectura, me ha quedado claro que el merito de Dumas no ha sido solo el de narrarnos adecuadamente esta gran historia, sino también el de adicionarla convenientemente con otras historias también muy interesantes. La historia de Luigi Vampa y de cómo llega a ser jefe de los bandidos, o aquella otra extraordinaria de Bertuccio en la que se entera del secreto de Villefort y la señora Danglars y presencia el homicidio del joyero en casa de Caderousse, o, por último, la historia de Haydee y el asesinato de su padre, son todas historias que, aun cuando tienen mucho que ver con la venganza del Conde, son ellas solas muy interesantes y están muy bien contadas a través de los respectivos personajes.

Ahora, otra cosa que me quedó muy clara en esta segunda lectura, es que no debemos cometer el error de ver la historia del conde de Montecristo como una simple historia de venganza consumada. El componente positivo de la obra es también muy grande, y Edmundo gasta casi el mismo tiempo fraguando sus venganzas, como en lograr que sus buenas acciones sean lo suficientemente dramáticas. El último capítulo del libro, en el que se lleva hasta la cursilería la reunión de los jóvenes enamorados Maximilano y Valentina, o ese otro en que espera hasta el último momento para salvar el negocio (y la vida) del viejo Morrel, demuestran lo mucho que le preocupa al Conde recompensar a aquellos que le hicieron bien.

Con todo, es claro que las mejores partes del libro se encuentran en la venganza contra Danglars, Fernando y Villefort, la que tiene el Conde completamente planeada y ejecuta con extraordinaria eficacia y sorprendente frialdad. Ahora, es claro que Edmundo tenía todo el derecho de emprender esta venganza, e incluso podría uno decir que la misma providencia está pidiéndola al darle a Edmundo los recursos necesarios para hacerla. Me parece, sin embargo, que el Conde no es justo, o mejor, equitativo a la hora de imponer sus castigos. Para darse cuenta de esto, una pregunta que es inevitable hacerse consiste en determinar quien de estos tres sujetos es más culpable de las desgracias de Edmundo, y dependiendo del grado de culpabilidad así ha debido ser el grado de la venganza.

Empecemos con Fernando, que en mi opinión es el menos malo de los tres. En primer lugar hay que reconocer que es el único que tiene como justificante de su crimen una pasión verdadera: su amor por Mercedes. Además, la venganza en este caso se estructura completamente en otro crimen lejano y posterior, el cual nada tiene que ver con el Conde. Este otro crimen es de tal magnitud que obliga a Fernando a optar por el suicidio, lo cual creo es una sanción más que justa en este caso, sin que nada tenga que ver lo que le hizo a Edmundo. Y es que se debe preguntar uno que hubiese hecho el Conde si Fernando, luego de entregar la carta escrita por Danglars, de lo que se arrepintió sinceramente, hubiese llevado una vida ejemplar o sencilla. En qué hubiese consistido en este caso su venganza. Lo único que verdaderamente le quitó Fernando a Edmundo fue Mercedes, y en el momento de la venganza Mercedes no solo no le interesa ya nada a Edmundo, por cuanto tiene a Haydee, sino que incluso hay que reconocer que el amor entre Fernando y Mercedes es verdadero. Entonces, ¿que hubiera podido hacer? Creo que si en verdad Edmundo amó alguna vez a Mercedes, lo único que podía hacer era agradecer que por lo menos Mercedes encontró a alguien que la hizo feliz en su ausencia, aun cuando esta persona haya jugado algún papel es su desgracia. Actuar de otra forma, era actuar en contra de Mercedes de quien no tenía ninguna queja.

En segundo lugar, en mi opinión, viene Villefort, con quien al Conde se le fue la mano. Su grado de culpa en la desgracia de Edmundo es posible que sea mayor que la de Danglars, habida cuenta de que se trata de un funcionario del Estado que tiene la obligación de investigar la verdad en la culpabilidad de los procesados. En este sentido la conducta de Villefort es supremamente grave. Ahora bien, la venganza del Conde consiste, no solo en develar el secreto de Benedetto, hijo de Villefort con la esposa de Danglars, sino en introducir en la casa del procurador el crimen mediante la utilización de la segunda esposa de Villefort. Ya de por si este plan es el más complicado de todos, sin embargo las cosas le salen muy bien al Conde y la vieja esa no demora en empezar a envenenar gente. Pero, qué culpa tiene esta pobre gente, en especial el pequeño Eduardo, de los crímenes cometidos por Villefort. Y es aquí donde en mi opinión queda claro que al Conde se le fue la mano. El procurador primero tiene que sufrir la muerte de sus suegros del primer matrimonio, luego la de Valentina (que si bien es simulada, para él es muy real), luego la escena del tribunal en que procesando a Benedetto se descubre toda la verdad de su secreto, y para terminar de rematar, la muerte real de su hijo Eduardo y el suicidio de su segunda esposa la asesina. Todo esto lleva al procurador a la locura. Ahora bien, es cierto que en este caso en particular el mismo Conde se arrepiente de haber llevado su venganza hasta ese punto, y su dolor por la muerte del niño Eduardo es real. Sin embargo, cabe preguntarse, acaso que esperaba el Conde que sucediera con esa vieja loca repartiendo veneno dentro de la casa. Sencillamente podía matar a cualquiera.

Por último está Danglars, quien es el que inicia todo este cuento. Es en mi opinión el ser más miserable de todos los que salen en la novela. No solo actuó contra Edmundo, sino también contra el viejo Morrel e incluso contra su esposa. Particularmente en la relación con su esposa se nota en toda su expresión lo despreciable y sinvergüenza que es este sujeto. Ahora, la venganza de Edmundo contra este sujeto es muy clara y se trata de dejarlo en bancarrota, lo cual consigue con entendible facilidad. Con todo, al final el plan de venganza da un giro extraordinario, al hacer consistir la cosa en que este sujeto sufra lo mismo que sufrió el padre de Edmundo en sus últimos momentos: hambre. Este fue uno de los momentos que mas me emociono del libro por cuanto deja ver claramente la relación entre el agravio y la venganza. Como quien dice, ojo por ojo y diente por diente. Dejar morir de hambre a Danglars era sin lugar a dudas una venganza genial. Sin embargo, aquí el Conde empieza a dudar de su legitimidad para cobrar venganza, sobre todo luego de la muerte del niño Eduardo, y termina concediéndole el perdón al peor de todos los sujetos contra quienes emprendió su venganza.

Es por esto que digo que la venganza del conde de Montecristo no fue para nada justa o equitativa.

En fin, además de lo anterior, el libro tiene también otras muchas cosas buenas, tales como los varios personajes jóvenes que llenan sus páginas. El joven Alberto, Maximiliano, Beauchamp, Chateau-Ranaud, etc., son todos personajes, unos más importantes que otros, que le dan mucha vida a la obra. Por esto se trata, sin lugar a dudas, de una novela en la que pasan además de la trama principal muchas otras cosas. Por ejemplo, la relación lésbica entre la hija de Danglars y su amiga profesora de canto, o la relación extramatrimonial entre la señora Danglars y el joven Debray, por no hablar ya del amor que surge entre Valentina y Maximiliano.

Por último está la cuestión de las múltiples personalidades que adquiere el Conde para llevar a cabo su venganza. Simbad el marino, el abate Bussoni, lord Wilmore. Una de las cosas que recordaba como más agrado de mi primera lectura de El conde de Montecristo era el embolate que se me creo en la cabeza para determinar en verdad si el Conde era todo estos sujetos, sobre todo por la sorpresa que se genera cuando de un momento a otro se aparecía el abate en Paris, y luego, a mucha distancia, en Roma, aparecía lord Wilmore. Todo esto, claro está, se pierde en una segunda lectura cuando ya uno esta avisado.

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