Un mundo feliz, de Aldous Huxley

Según la wikipedia, esta obra de Huxley es un interesantísimo ejemplo de literatura de ciencia ficción. En mi opinión personal, creo que no lo es. Es en verdad una obra interesante, pero no creo que se trate de una de ciencia ficción.

En un prologo a una reedición de la obra, escrito “quince años más abajo en el plano inclinado de la historia moderna“, y en el que nos explica las razones por las cuales renunció a hacer cualquier corrección o cambio a la obra original, Huxley nos dice algo que creo es muy cierto. Nos dice que una obra literaria acerca del futuro sólo puede interesarnos “si sus profecías parecen destinada, verosímilmente, a realizarse“. En este sentido, según Huxley, uno de los primeros errores de Un mundo feliz, sería no contener referencia alguna a la fisión nuclear.

Por mi parte, creo que el que no haya ninguna referencia a la fisión nuclear, y que por tanto el que los taxicopteros del año 632 d.F funcionen aun con gasolina, es el menor de los problemas que enfrenta esta obra a la hora de pretender presentarse como una profecía de futuro más o menos verosímil.

Y no es que los cuentos esos de la reproducción genética en cadena, de la adicción generalizada al soma o el establecimiento de todo un sistema político mediante la hipnopedia sean de por si inverosímiles, sino que resulta tan obvio que toda la puesta en escena creada por Huxley es sencillamente una alegoría política de los estados absolutistas y de consumo de la primera mitad del siglo XX, que toda pregunta acerca de la verosimilitud o inverosimilitud de este futuro “mundo feliz” no solo carece de sentido, sino que desvía la atención de lo importante.

Puestos en este plano, esta obra de Huxley, aunque interesante, no es de aquellas llamadas a impresionarme mayormente. Una cierta apatía política de la que comulgo impide que me impresionen estos temas. Por ello, toda esa cantidad de sutilezas, evidentes pero no muy claras para mí en su funcionamiento, tales como los nombre de los personajes o la referencias a Henry Ford como dios, me tuvieron sin cuidado. Es más, en ocasiones me chocaron por cuanto las veía como graves ejemplos de falta de creatividad.

Dicho esto, no puedo ya hablar de los méritos de esta novela como alegoría política. Sin embargo, hubo un aspecto que me gustó mucho de esta obra, y es la forma como Huxley planteó las inconformidades de algunos personajes con esa sociedad totalitaria, a través del amor. Creo que la cuestión aquí es que, por más totalitaria que pueda llegar a ser una sociedad garantizando la satisfacción de todas las necesidades de forma general, siempre habrán sentimientos irreprimibles que la institucionalidad nunca podrá controlar. El ser humano, aun producido en cadena, ya sea por boskanovskificación o por el mundo globalizado, nunca perderá la individualidad de sus intereses más íntimos. Puede que en general nos enseñen a querer lo mismo para ser felices, sin embargo, es inevitable que existan esas profundas pasiones que nos inclinan hacia una persona o hacia alguna cosa en particular.

Este es, creo, el origen de la molestia de Bernard Marx y el Salvaje con el mundo feliz. Ambos, en diferente medida, están “enamorados” de Lenina Crowne, y quieren que sea exclusivamente para ellos. Como en el mundo inventado por Huxley no se acepta esto, Bernard y el Salvaje terminan siendo unos proscritos.

Por último, y creo que es uno de los elementos más regulares de la obra, está el tema de Shakespeare. ¿Qué papel cumple Shakespeare en esta historia? Por una parte puede tener relación con lo anterior. Esto es, Shakespeare es uno de esos amores que personas libres nunca estarían dispuestas a sacrificar por una felicidad o bienestar generalizados. En mi opinión, por el contrario, creo que Shakespeare le sirve al autor para ahorrarse un importante trabajo creativo de compromiso, sobre todo a la hora de escribir líneas inteligentes en los diálogos. En fin, más allá de lo verdaderamente meritorio de Shakespeare como ejemplo universal del arte que el mundo feliz deja atrás en procura de la felicidad, lo cierto es que Huxley abusa del gran dramaturgo inglés sin una razón válida ni mucho menos creíble.

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