El señor de las moscas, de William Golding

No es fácil escribir sobre este pequeño libro. Empecemos reconociendo sus grandes méritos literarios: es un libro, en mi opinión, muy bien escrito, donde a través de un estilo simple, lleno de diálogos infantiles y bellas descripciones, nos cuenta una interesante historia susceptible de múltiples interpretaciones.

Ahora, la historia es, en general, ampliamente conocida, e incluso, se podría decir, recurrente en la literatura. No haré sin embargo un resumen de ella aquí, no para no dañarle la lectura a aquellos que pudieran llegar estas líneas y aun no hayan leído el libro, sino porque creo que cualquier sinopsis que uno haga de esta historia, mostrará, o mejor, será inevitablemente el resultado de nuestra propia interpretación, en la que daremos más importancia a ciertas situaciones o hechos, relegando otros para nuestra propia conveniencia. Por ello, me limitare a mencionar desordenadamente puntos o circunstancias que me parecieron importantes y que me presentaron diversos interrogantes.

Lo primero que llamó mi atención luego de concluir la lectura de este libro fue lo siguiente. ¿Por qué niños? ¿Hubiese podido Golding (o cualquier otro autor) desarrollar una historia similar con personajes adultos? (Tengo entendido que Richard Hughes lo hace en su libro Huracán en Jamaica, que habré de leer prontamente). Existen, creo, dos posturas al respecto. Por una parte, podríamos decir que Golding necesitaba que sus personajes fueran precisamente niños para que, en vista de su corto paso por la educación cultural occidental, fuese más fácil y creíble su transformación de niños “civilizados” a seres “salvajes”. También podríamos decir que es precisamente esta corta formación original e incompleta, recibida en el seno de nuestra civilización, la que permitió o generó los actos violentos que suceden en la novela (cabria preguntarse, por ejemplo, si un grupo de niños con parámetros culturales diferentes, sobre todo en lo tocante a la elección y funcionamiento de las autoridades, hubiesen actuado de manera semejante).

En mi opinión, las cosas que ocurren en la isla no son propiamente el resultado de un defectuoso sistema de educación, ni tampoco un retorno a un estado anterior de naturaleza como producto de la incivilización. Las trasformaciones que se suceden en el grupo de muchachos obedecen, según creo, al desbordamiento de una muy fuerte pasión humana, presente incluso en las más civilizadas sociedades, cual es la del placer de poder hacer daño, y que en la historia se encuentra materializada en la caza.

En este sentido, creo que una historia similar podría desarrollarse igualmente con personajes adultos, es más, creo que las vemos a diario en nuestras sociedades. Sin embargo, al ser niños, el autor pudo elaborarla sin preocuparse de otras pasiones humanas que hubiera tenido necesariamente que tener en cuenta si sus personajes fuesen mayores, específicamente los deseos sexuales. Por ello la historia funciona tan bien, o mejor, de forma tan simple, porque siendo niños, en principio, son seres menos complejos.

Ahora, como decíamos, creo que la caza es un elemento de fundamental importancia en este libro, y en mi opinión, no debemos cometer el error de ver en ella el elemento retrogrado o incivilizador de la pequeña sociedad de los niños. La emoción, el riesgo que genera la caza es sentido por todos los muchachos, tanto por los “civilizados” como por los “salvajes”, y es, indudablemente, un sentimiento profundo y natural de todos los seres humanos.

Si hay un elemento perturbador o degenerador de esta sociedad, es el notorio desapego que tienen a la vida, el cual es propio de edades muchos más tempranas, cuando se carece de total conciencia. La forma como pasa desapercibida la muerte del niño con la cara manchada al inicio de la novela, cuando no habían matado aún el primer jabalí, es prueba de esto que venimos comentando. Por más desorden que haya habido entre los muchachos, no es, en mi opinión, natural de un ser humano sobreponerse de esa forma tan simple a la muerte de otro ser humano. Y a esto hay que agregar una siniestra complicidad de la isla, la cual se deshace de los cuerpos con oscura facilidad, lo que permite a los muchachos olvidar.

La caza, como decíamos, es el vehículo mediante el cual la nueva sociedad establece todas sus estructuras, no solo de poder o liderazgo (disputada inicialmente), sino también de satisfacción de necesidades (da carne), e incluso estructuran en torno a ella su religión. Este último elemento es muy importante, tanto que le da el nombre al libro, y en mi opinión está relacionado con otro también muy importante en el transcurso del libro, cual es el miedo. La caracola, por otra parte, no logra esta importancia material, quedando relegada a un mero símbolo formal e inútil.

Pero decíamos que el miedo también era fundamental para entender la evolución de esta sociedad. La presencia de la bestia tampoco es una cuestión de niños. La selva, o el monte, es capaz de generar tanto miedo, no solo por la oscuridad, etc., sino más bien porque sabemos que en la noche, ante la bestia, pasamos de ser cazadores a ser presas. Por ello es que tiene mucho más éxito Jack en su propuesta política que Ralph. Sencillamente otorga mejores respuestas a problemas más apremiantes: antes de ser rescatados hay que sobrevivir.

En fin, este libro es indudablemente muy complejo, y quisiera uno estar en mejores condiciones para poder escribir más y mejor sobre él.

Para terminar, decir que me he visto la película mucho antes de leer el libro. Con todo, la cosa no ha sido desafortunada. La película, la de 1990, es en mi opinión muy buena, y logra reproducir fielmente importantes momentos de climax como el asesinato de Simón y la caza final. Sin embargo, la película no muestra correctamente, o simplemente no lo hace, la inclinación de Ralph, líder de los “civilizados”, a la caza y demás actividades de los “salvajes”. Este elemento es en mi opinión de crucial importancia, porque en últimas termina deshaciendo la distinción misma entre estos grupos.

Un comentario en “El señor de las moscas, de William Golding”

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